Índice
- Los cimientos de la socialdemocracia
- La génesis ideológica y la estructuración partidaria
- La elección de la negociación y de la acción institucional
- El modelo organizacional y sus especificidades nacionales
- El giro revisionista
- La crítica doctrinal de Eduard Bernstein
- Las implicancias políticas y la crisis Millerand
- El gran cisma con los marxistas ortodoxos
- El derrumbe de la Segunda Internacional
- Las consecuencias de la Revolución alemana y del Congreso de Tours
- La consolidación de la socialdemocracia
- La distinción entre socialdemocracia y socialismo democrático
- La adopción del paradigma keynesiano
- Hacia el advenimiento de la Tercera Vía
- La crisis del keynesianismo
- La «Tercera Vía»
- De la socialdemocracia contemporánea
- De la crisis de la representación
- De la socialdemocracia internacional
- Conclusión
Teoría
De la social-democracia a la Tercera Vía.
La SPD alemana, el Labour británico, el Partido Socialista francés, la CHP turca: una misma corriente, mil rostros.
https://conciencia-democratica.vercel.app/articulos/de-la-socialdemocracia-a-la-tercera-viaPor Mortadha Ghaliounji26 de julio de 202631 min de lectura
Lectura en profundidad
Los siglos XVIII y XIX vieron florecer una multitud de corrientes políticas que dieron forma duradera a la historia de las sociedades modernas. Si bien muchas de ellas se extinguieron con el tiempo, una, por el contrario, se afirmó con vigor particular, hasta imponerse como una de las corrientes más influyentes de Europa y, más allá, del mundo: la socialdemocracia.
Los cimientos de la socialdemocracia
La génesis ideológica y la estructuración partidaria
Como lo indica su nombre, la socialdemocracia es una corriente política cuyas raíces se hunden en el socialismo, y más precisamente en el pensamiento marxista. Si bien no existe, propiamente hablando, una primera experiencia institucionalizada de la socialdemocracia, se puede considerar a la Montagne de 1848 como una forma de protosocialdemocracia. Este movimiento político, nacido a raíz de la Segunda Revolución Francesa, se autodefinía como demócrata-socialista. Sin embargo, debido a su organización difusa y a su falta de estructuración partidaria, la Montagne sigue siendo más una nebulosa política que un verdadero partido. No por ello dejó de constituir una fuente de observación importante para Karl Marx y varios otros pensadores socialistas. De manera más consensuada hoy en día, los historiadores de las ideas políticas identifican al Sozialdemokratische Arbeiterpartei (SDAV) alemán como el primer partido socialdemócrata estructurado, formación que se convertirá luego en la base del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). No obstante, es esencial señalar que esta formación es en parte heredera del lasalianismo, doctrina que ponía el énfasis en un rol fuerte del Estado para la emancipación social, moderando así el enfoque revolucionario marxista desde los orígenes.
La elección de la negociación y de la acción institucional
Un punto en común fundamental entre la Montagne y el SDAV, ya señalado por Marx desde 1848 en su análisis de los acontecimientos políticos en Francia, reside en su tendencia a traducir las reivindicaciones revolucionarias del socialismo en reivindicaciones políticas concretas, susceptibles de ser llevadas dentro de los marcos institucionales de las democracias liberales. Esta orientación se confirma plenamente con el SDP, que privilegia la obtención de concesiones sociales mediante la negociación y la participación política, antes que por la vía insurreccional, sin por ello renunciar a su objetivo revolucionario.
El modelo organizacional y sus especificidades nacionales
Durante el siglo XIX, otras formaciones políticas de inspiración comparable a la socialdemocracia alemana aparecen progresivamente en Europa. El Labour Party en el Reino Unido constituye un ejemplo de ello. Surgido de una coalición de organizaciones socialistas y sindicales, apunta a asegurar una representación política del movimiento obrero dentro de las instituciones parlamentarias. El caso británico, al igual que el alemán, pone en evidencia un rasgo casi estructural de la socialdemocracia: la alianza orgánica entre partidos políticos y organizaciones sindicales. Este modelo de articulación entre movimiento obrero y representación política se observa también en los países escandinavos y en Austria-Hungría. Sin embargo, Francia se distingue de este esquema. La fundación de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) en 1905 no viene acompañada de una unión duradera con el movimiento sindical. Al contrario, la independencia de la CGT queda formalizada ya en 1906 mediante la Carta de Amiens, que consagra la separación entre acción sindical y acción política. Esta especificidad muestra que, aun cuando el binomio partido-sindicato constituye un pilar central del modelo socialdemócrata europeo, las configuraciones nacionales siguen siendo variables, en función de las culturas políticas, las tradiciones y los contextos propios de cada país.
El giro revisionista
La crítica doctrinal de Eduard Bernstein
Paralelamente a esta evolución estructural, a fines del siglo XIX, el movimiento socialista entra en una fase de actualización filosófica. Tras la muerte de Marx, y luego la de Engels, pensadores como Eduard Bernstein cuestionan algunos postulados fundamentales del marxismo clásico. Constatando que las predicciones de Marx —en particular el hundimiento inevitable del capitalismo— no se habían realizado, y observando por el contrario un fortalecimiento del sistema capitalista, sostenido por la industrialización y la expansión colonial, concluye que la transformación social no pasará necesariamente por la insurrección, sino por la reforma progresiva a través de las instituciones democráticas.
Las implicancias políticas y la crisis Millerand
Esta orientación reformista viene acompañada de una evolución sociológica de la corriente: algunos pensadores socialdemócratas dejan de querer que los partidos sean simples voceros del proletariado y buscan que se conviertan en fuerzas políticas transclasistas, capaces de representar también a otras clases populares. Los debates en torno a esta revisión del marxismo no se limitan al mundo germano. En Francia, el caso Alexandre Millerand resulta bastante ilustrativo: socialista independiente bajo la Tercera República, Millerand acepta en 1899 entrar en un gobierno republicano moderado, junto al general Galliffet, conocido por haber participado en la represión sangrienta de la Comuna de París.
Esta decisión provoca una crisis mayor dentro del movimiento socialista: las corrientes revolucionarias, encabezadas en particular por Jules Guesde, ven en ella una traición a la clase obrera, mientras que Jean Jaurès defiende a Millerand en nombre de un pragmatismo republicano. Según Jaurès, la salvaguardia de la República democrática, amenazada por la derecha nacionalista, constituye una condición previa a toda realización del socialismo; hay que decir además que Jaurès privilegia la reforma en detrimento de la ruptura revolucionaria.
Los mismos debates de principio seguirán planteándose a lo largo del siglo respecto de las distintas vías a adoptar. Ello se observa en particular en Rusia con el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, que se escinde entre bolcheviques y mencheviques, dos corrientes portadoras de visiones opuestas: unos privilegiando un enfoque revolucionario, los otros una orientación reformista. Más ampliamente, el pensamiento de Bernstein será impugnado en el plano doctrinal por numerosísimas figuras del movimiento socialista.
El gran cisma con los marxistas ortodoxos
El derrumbe de la Segunda Internacional
Pese a la diversidad de sus componentes ideológicos, la Segunda Internacional logra, hasta comienzos del siglo XX, mantener una relativa cohesión entre las distintas tendencias del socialismo y de la socialdemocracia. Esta organización transnacional ofrece un marco de cooperación y de coordinación que permite a los partidos obreros conjugar sus esfuerzos, atenuando al mismo tiempo sus divergencias doctrinales. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial constituirá una prueba decisiva para esa unidad y para la socialdemocracia.
En 1914, la mayoría de los partidos socialistas europeos, incluidos la SFIO en Francia y el SPD en Alemania, eligen apoyar el esfuerzo de guerra nacional. En Francia esta adhesión toma la forma de la Unión Sagrada, mientras que en Alemania se expresa mediante la Burgfriedenspolitik, una política de tregua entre las principales fuerzas políticas durante el conflicto. Los dirigentes socialdemócratas justifican esta participación invocando la defensa de la patria y de las instituciones democráticas frente a la amenaza de la autocracia. Esta postura provoca, sin embargo, una ruptura ideológica mayor. Las corrientes revolucionarias denuncian una traición a la causa proletaria en beneficio de los intereses burgueses y nacionalistas. Entre las críticas más virulentas, Lenin sostiene que hay que desear la derrota del propio país para precipitar la revolución socialista internacional. En Alemania, esta línea radical inspira la creación de la Liga Espartaquista, fundada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, que termina por escindirse del SPD. El divorcio entre socialdemocracia y comunismo se cristaliza definitivamente a partir de 1917, con la Revolución bolchevique en Rusia. Esta marca la victoria de la corriente revolucionaria y arrastra una ola de escisiones dentro de los partidos obreros europeos. Los partidarios de Lenin rechazan desde ese momento la etiqueta de «socialdemócratas», considerada «manchada y envilecida» por su «colaboración» con los gobiernos burgueses, y adoptan el término de «comunistas». La guerra civil rusa profundiza aún más esta fractura. Lejos de oponerse únicamente a las fuerzas del zar —el llamado «Ejército Blanco»— el poder bolchevique debe enfrentar también a movimientos socialistas, socialdemócratas, regionalistas o campesinos, hostiles a su autoritarismo o a su centralización.
Las consecuencias de la Revolución alemana y del Congreso de Tours
Más aún, la Novemberrevolution en Alemania vendrá también a reforzar esa escisión, ya que Alemania se encuentra en 1918 en una situación difícil tanto en el plano internacional como local a causa de la guerra, y el movimiento espartaquista se ha organizado desde entonces en el partido político estructurado que es el Partido Comunista de Alemania (KPD). La revolución, pese a su fracaso, marcará profundamente a las dos familias políticas, ya que el KPD verá en la alianza entre burgueses y SDP —a través de Friedrich Ebert, entonces jefe de gobierno— una de las causas del fracaso de la revolución. Peor aún, los socialdemócratas serán acusados de haber ordenado, por intermedio de los Freikorps, el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Las escisiones entre socialistas y comunistas no se limitan al contexto alemán o ruso. Francia conoce a su turno una ruptura decisiva dentro del movimiento obrero, aunque esta se desarrolla de manera más pacífica e institucionalizada. Esta separación tiene lugar durante el Congreso de Tours, celebrado en diciembre de 1920, evento fundador de la distinción duradera entre socialistas y comunistas en Francia. En esa ocasión, la mayoría de los delegados de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) se pronuncia a favor de la adhesión a la Tercera Internacional. Esta adhesión implica aceptar las «21 condiciones» impuestas por Lenin, entre las cuales figuran la modificación del nombre del partido —integrando el término «comunista» en su denominación—, la purga de los elementos reformistas y la instauración de una disciplina interna casi militar inspirada en el modelo soviético.
Una minoría encabezada por Léon Blum se opone firmemente a esas exigencias, considerando que son incompatibles con los principios democráticos del socialismo francés. Blum defiende la continuidad con la tradición republicana y parlamentaria de la SFIO y considera que aceptar las condiciones moscovitas equivaldría a negar la autonomía del movimiento socialista francés en beneficio de una subordinación a la Internacional Comunista. El desacuerdo conduce a una escisión inevitable, ya que las condiciones de adhesión impuestas por Moscú no pueden aplicarse sin ruptura organizativa por la ausencia de consenso. Así, al término del Congreso de Tours, el movimiento obrero francés se escinde en dos formaciones distintas: la SFIO, que se reivindica como la heredera legítima del partido de Jaurès, de un socialismo democrático y parlamentario, y la Sección Francesa de la Internacional Comunista (SFIC), pronto rebautizada como Partido Comunista Francés (PCF), que se presenta como el verdadero partido de la clase obrera, alineado con los dictados de Moscú. El PCF conserva no obstante ciertos atributos simbólicos de la SFIO, en particular el diario L’Humanité, fundado por Jaurès, que se convierte en el órgano oficial de difusión y de propaganda del nuevo partido.
La consolidación de la socialdemocracia
La distinción entre socialdemocracia y socialismo democrático
A partir de la escisión del movimiento comunista en 1917, una nueva distinción, primero semántica y luego ideológica, empieza a emerger dentro del campo socialista. Esta apunta a la vez a disociarse del comunismo leninista, juzgado autoritario y centralizador, y a marcar cierta distancia respecto de la socialdemocracia, que inicia progresivamente un acercamiento con ciertas fuerzas liberales, particularmente en reacción al ascenso de los regímenes fascistas en las décadas de 1920 y 1930.
No obstante, esta diferenciación interna no conduce de inmediato a una ruptura franca entre las dos ramas del socialismo. A pesar de sus divergencias estratégicas, los partidos surgidos de la tradición socialdemócrata conservan aún numerosas afinidades programáticas, especialmente en torno a la defensa de los derechos sociales, del reformismo y del parlamentarismo. Para llenar el vacío dejado por la desaparición de la Segunda Internacional, estos partidos crean en 1923 la Internacional Obrera Socialista (IOS), concebida como una alternativa socialista internacional frente al Komintern comunista. La IOS adopta una línea crítica hacia Moscú, denunciando en varias ocasiones el carácter autoritario e imperial del internacionalismo soviético. El período de entreguerras está también marcado por la constitución de frentes antifascistas. Frente a la amenaza de la extrema derecha, surgen varias coaliciones que reúnen a veces fuerzas socialistas y liberales (como los Frentes Populares en Francia y España), a veces alianzas más estrechas entre comunistas y socialistas, designadas con el nombre de frentes obreros. Estas alianzas apuntan sobre todo a frenar el avance del fascismo o a preservar las instituciones democráticas. Sin embargo, las experiencias gubernamentales surgidas de esas coaliciones tuvieron suertes diversas. En Francia y España, los Frentes Populares logran introducir ciertas reformas sociales de envergadura (semana de 40 horas, vacaciones pagas, reconocimiento sindical) sin por ello resolver las crisis económicas estructurales ni frenar de manera duradera el ascenso del totalitarismo. En otros países, como Alemania, la socialdemocracia sufre una derrota trágica: el SPD es prohibido en 1933 tras el ascenso de Hitler al poder, marcando el fin de toda oposición socialdemócrata legal.
En cambio, las experiencias escandinavas se distinguen por su éxito duradero. En Suecia, los socialdemócratas obtienen victorias electorales repetidas ya desde la década de 1920 e instauran, en cooperación con los sindicatos y el patronato, un modelo de compromiso social inédito. Este sistema, fundado en la negociación colectiva, la redistribución y la estabilidad económica, prefigura la implementación de lo que más adelante se llamará el Estado de bienestar. Dinámicas similares se desarrollan en Noruega y Dinamarca, donde los socialdemócratas también logran imponerse como fuerza de gobierno duradera y creíble. Es en estos países donde se observa con mayor claridad la divergencia creciente entre socialismo democrático y socialdemocracia: el primero conserva una ambición de transformación social fundada en el socialismo y la planificación democrática, mientras que la segunda se orienta hacia una economía mixta regulada, conciliando mercado, justicia social y democracia parlamentaria.
La adopción del paradigma keynesiano
Los años treinta están profundamente marcados por la Gran Depresión, cuyos efectos económicos y sociales desestabilizan al conjunto de las democracias liberales. Frente al derrumbe de la producción, a la explosión del desempleo y a la contracción de la demanda, las respuestas políticas resultan en gran medida insuficientes. En Europa, las coaliciones de izquierda fracasan a menudo en proponer una alternativa coherente, por falta de un modelo propio de regulación de la economía capitalista, mientras que los gobiernos conservadores y liberales persisten en políticas de no intervención y de laissez-faire, agravando la crisis. El ejemplo de Estados Unidos bajo Herbert Hoover es una muestra de ese callejón sin salida, ya que la fe en la autorregulación de los mercados conduce a un agravamiento sin precedentes del marasmo económico.
Es en este contexto donde emerge el pensamiento de John Maynard Keynes, economista británico. Keynes sostiene que los mercados no tienden naturalmente al equilibrio y que, en los períodos de crisis, sólo el Estado está en condiciones de estimular la demanda agregada mediante el gasto público y la política monetaria. Estos principios inspiran, al menos parcialmente, el New Deal implementado en Estados Unidos por el presidente Franklin Delano Roosevelt, que marca la entrada del Estado como actor central de la regulación económica. Cabe recordar, no obstante, que a pesar de su intervencionismo, Roosevelt sigue siendo un liberal reformador, no un socialista, mientras que Keynes mismo se define como un liberal progresista. Las ideas keynesianas ejercen sin embargo una influencia considerable sobre la socialdemocracia europea, particularmente en los países escandinavos ya mencionados. En Suecia, Noruega y Dinamarca, los gobiernos socialdemócratas se inspiran en esa nueva escuela para construir economías mixtas que concilian crecimiento, redistribución y pleno empleo. Estos países inauguran así un modelo socialdemócrata nórdico fundado en la negociación entre sindicatos y patronato, la inversión pública y la seguridad social universal. Después de 1945, este modelo se convierte en una referencia para la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos. El SPD alemán, largo tiempo marcado por una tradición marxista al menos en teoría, opera una revisión doctrinal mayor con el Programa de Bad Godesberg adoptado en 1959. Ese texto ratifica el abandono del marxismo y de la lucha de clases como motor de la historia, en favor de una visión reformista y transclasista. El SPD reconoce la propiedad privada, la economía de mercado y el libre comercio como principios legítimos, reivindicando al mismo tiempo un rol activo del Estado para corregir las desigualdades y garantizar la justicia social. El partido se transforma así de partido obrero en un Volkspartei, es decir, un partido del pueblo, abierto al conjunto de las clases sociales.
Evoluciones similares se observan, en distintos grados, en otros países de Europa occidental. Los partidos socialdemócratas participan en numerosos gobiernos de unidad nacional durante o inmediatamente después de la guerra, y se imponen a menudo como fuerzas centrales de coalición, ya sea en Francia bajo la Cuarta República, en el Reino Unido con el Labour Party o en los países escandinavos. El conjunto de esas políticas, fundadas en el keynesianismo, la reconstrucción económica, la innovación tecnológica, una relativa estabilidad geopolítica y varias otras razones, abre un período de prosperidad y paz social inédito. Esta fase, que se extiende aproximadamente entre 1945 y 1975, es a menudo designada bajo el nombre de los Treinta Gloriosos.
Hacia el advenimiento de la Tercera Vía
La crisis del keynesianismo
Tras los Treinta Gloriosos, las políticas keynesianas dejaron progresivamente de producir los efectos esperados. Confrontadas a la estanflación (combinación paradójica de alta inflación y crecimiento débil), fueron acusadas de alimentar espirales inflacionarias descontroladas. Este contexto marcó el fin del período keynesiano que había dominado la posguerra y abrió el camino, desde comienzos de los años ochenta, a una profunda recomposición ideológica. Surgió entonces una nueva corriente, calificada retrospectivamente de neoliberal o neoconservadora, en torno a figuras como Margaret Thatcher en el Reino Unido o Ronald Reagan en Estados Unidos. Sin reivindicarse explícitamente bajo esa etiqueta, estos dirigentes encarnaron un retorno a una economía de mercado menos regulada, fundada en la desregulación, la privatización y la reducción del rol del Estado en la esfera económica, sin por ello reanudar plenamente con el liberalismo clásico, percibido como uno de los factores del crac de 1929.
Al mismo tiempo, la década de 1980 estuvo marcada por el retroceso del movimiento comunista, iniciado por las dificultades económicas y políticas del bloque soviético, y luego acelerado por el desplome de la URSS a fines de la década. Esta recomposición del campo ideológico mundial consagró la victoria del modelo «capitalista», percibido en adelante como la única vía legítima de organización económica y política. Frente a esta hegemonía, los partidos socialdemócratas de Europa occidental se vieron obligados a redefinir su posicionamiento. Para preservar su credibilidad electoral y su rol de alternativa a las derechas conservadoras, emprendieron una adaptación doctrinal profunda, en particular mediante la aceptación creciente de la economía de mercado, la integración de las lógicas de competitividad y la promoción de nuevas formas de regulación «flexibles» en lugar del intervencionismo keynesiano clásico.
La «Tercera Vía»
A partir de fines del siglo XX, numerosos partidos socialdemócratas se alinearon progresivamente con lo que se denominó la «Tercera Vía». Esta corriente, que busca superar los clivajes tradicionales entre izquierda y derecha, se presenta como una síntesis pragmática entre eficacia económica y justicia social. Según sus partidarios, ya no se trata de defender una ideología rígida, sino de identificar «lo que funciona». Como declaraba Tony Blair, el objetivo ya no era elegir entre igualdad y mercado, entre dos ofertas extremas e ideológicas, sino articular ambas en una lógica de resultados antes que de dogma. Este reposicionamiento marca la culminación del proceso emprendido por la socialdemocracia desde el Programa de Bad Godesberg: el partido obrero se ha vuelto un partido del pueblo, capaz de atraer un electorado en adelante transversal, incluyendo a las clases medias, a las clases más educadas, urbanas, feminizadas e incluso una parte del centroderecha. En esa óptica, los partidos laboristas y socialdemócratas se transformaron en formaciones (casi) atrapa-todo, buscando conjugar justicia social y responsabilidad económica.
Este movimiento no se limitó a Europa. En Estados Unidos, el Partido Demócrata bajo la presidencia de Bill Clinton también encarnó una forma de Tercera Vía a través de la promoción del «New Democrat», que combinaba disciplina presupuestaria, apertura comercial y políticas sociales focalizadas. La Tercera Vía favoreció así un acercamiento transatlántico, materializando una convergencia ideológica entre las izquierdas de gobierno occidentales, sin que por ello aceptaran en su totalidad la etiqueta de «socialdemócratas». De igual modo, se observa no solamente una transformación de las doctrinas económicas y políticas a escala nacional, sino también un reposicionamiento en el plano internacional, marcado por un acercamiento entre los distintos movimientos que adhieren a los principios democráticos en general. Estos partidos han convergido progresivamente con sus homólogos europeos y americanos, compartiendo un enfoque más pragmático y globalizado de la gobernanza. Así, aunque George W. Bush siga siendo una figura representativa del conservadurismo estadounidense, Tony Blair no dudó en apoyar su intervención en Irak. En el mismo espíritu, se advierte la aceptación creciente de los tratados europeos, incluidos aquellos que restringen los márgenes de acción keynesianos. En el plano interno, estas recomposiciones ideológicas alimentaron una reflexión profunda sobre la naturaleza de la socialdemocracia contemporánea: ¿se trata todavía de partidos socialdemócratas en el sentido tradicional del término, o bien de una forma de social-liberalismo, una ideología que busca conciliar los principios del liberalismo económico (mercado, competencia, responsabilidad individual) con una regulación estatal orientada a garantizar la cohesión social y la igualdad de oportunidades? Ella no propugna la colectivización de los medios de producción, sino una intervención del Estado para corregir las fallas del mercado y preservar la justicia social.
Este debate no ha encontrado respuesta clara, debido a la existencia de facciones concurrentes dentro de los propios partidos socialdemócratas, y también al rechazo, en muchos dirigentes, a renunciar a la etiqueta histórica de su formación, símbolo a la vez de una herencia política y de una legitimidad electoral. No obstante, ciertos elementos permiten entrever respuestas implícitas: cuando el ministro de Economía de François Hollande, Emmanuel Macron, abandona el Partido Socialista para fundar un movimiento social-liberal que se reivindica «por encima de los clivajes», se lleva consigo a varias figuras mayores del partido, como el ex primer ministro Manuel Valls, ministros de Estado y cuadros influyentes. Este episodio tiende a confirmar que, desde hace ya varias décadas, corrientes social-liberales preexistían dentro de las formaciones socialdemócratas.
De la socialdemocracia contemporánea
De la crisis de la representación
A partir de la década de 2000, los partidos socialdemócratas experimentan cierto difuminado ideológico. La coexistencia entre las sensibilidades más reformistas —incluso social-liberales— y las corrientes socialistas democráticas se vuelve cada vez más difícil, sobre todo por la pérdida de puntos de referencia claros y por las alianzas con partidos liberales. Esta situación favorece la aparición de múltiples escisiones dentro de los partidos socialdemócratas históricos, dando origen a nuevas formaciones que reivindican un socialismo más afirmado, calificadas a veces como ecosocialistas, socialistas democráticas o incluso anticapitalistas. Estas escisiones marcan el retorno de una izquierda que busca reencontrarse con una visión más radical y más crítica del capitalismo, en oposición a la moderación asumida por la socialdemocracia.
Más interesante aún, se asiste simultáneamente a un acercamiento progresivo entre estas nuevas corrientes y los partidos comunistas, ellos mismos comprometidos, desde los años ochenta, en una profunda revisión. Estos últimos, debilitados por la caída del bloque soviético y la desafección popular, buscaron reinventarse adoptando un discurso más democrático y una postura más moderada, haciendo posibles nuevas alianzas electorales e ideológicas dentro de la izquierda europea. Es el caso en Alemania, con el partido Die Linke (La Izquierda), nacido de la fusión entre el PDS (heredero del partido gobernante de la ex RDA) y disidentes del SPD. Reivindicándose del socialismo democrático, Die Linke se ha impuesto como una alternativa creíble a la izquierda del SPD, atrayendo a la vez a electores decepcionados por la «deriva liberal» del partido socialdemócrata y a militantes provenientes de la cultura comunista. Un proceso comparable se observa en Francia, donde Jean-Luc Mélenchon, tras la derrota de su corriente en el Congreso de Reims del Partido Socialista, abandona el PS para fundar el Parti de Gauche (que se convertirá luego en el núcleo de La France insoumise), que se aliará desde su creación con el Partido Comunista Francés dentro del Front de Gauche, en torno a un programa inspirado en el socialismo democrático, el republicanismo social y el ecologismo. Paralelamente, la mayoría de las experiencias gubernamentales de los partidos socialdemócratas ha sido objeto de críticas crecientes. Desde los años 2010, estas formaciones conocen una erosión electoral significativa, agravada por sus divisiones internas y por el ascenso de alternativas tanto a su izquierda como a su derecha. En Francia, el Partido Socialista sufre una debacle histórica en la elección presidencial de 2017. En el Reino Unido, ni el ala izquierda ni el ala derecha del Labour Party consiguen devolver al partido al poder durante más de una década. Pese a ello, ya desde la victoria de 2024, se observa la emergencia de movimientos más radicales, como el Your Party de Jeremy Corbyn, así como el avance del Green Party en las encuestas, en contraste con un Labour Party muy impopular: señales de un estallido del campo político a la izquierda, en un país sin embargo percibido como bipartidista.
En Alemania, tras dieciséis años de gran coalición con la CDU, el SPD recupera brevemente la cancillería antes de sufrir, menos de cuatro años después, un revés histórico, con su peor resultado desde 1933, mientras Die Linke mejora ligeramente sus resultados. Sin embargo, no todas las trayectorias son comparables. En España, Pedro Sánchez logra mantenerse en el poder desde hace más de siete años, pese a una popularidad fluctuante, obteniendo indicadores económicos globalmente considerados positivos. En Australia, así como en varios países escandinavos, los socialdemócratas conservan una influencia electoral sólida y una capacidad de gobierno duradera. En Francia, las últimas encuestas y las elecciones europeas muestran incluso una relativa remontada del Partido Socialista. Por último, un desafío mayor persiste: la fractura entre las conducciones nacionales, los militantes y los simpatizantes. En numerosos partidos, la base militante manifiesta una sensibilidad más radical, más socialista, a veces incluso más populista, en desfase con los cálculos estratégicos del aparato dirigente. La votación de moción de censura contra el gobierno Lecornu II es un ejemplo bastante claro: según un sondeo de Elabe, el 68 % de los simpatizantes socialistas se oponían, mientras que los Jóvenes Socialistas y varias federaciones regionales exigían abiertamente una moción de censura. Pese a la posición prudente adoptada por los diputados y por el secretariado nacional, esta divergencia fue explotada por La France insoumise, que intentó captar (sin gran éxito) a los cuadros socialistas más de izquierda y alentar una nueva escisión dentro del PS.
De la socialdemocracia internacional
Si a lo largo de este artículo hemos abordado la socialdemocracia esencialmente a través de la experiencia europea y, más ampliamente, occidental, conviene ahora ampliar nuestro campo de visión. En efecto, esta corriente ha ejercido una influencia considerable sobre las ideologías y los sistemas partidarios en otras regiones del mundo: en África, en Asia, en América Latina o incluso en el Oriente político.
En América Latina, las corrientes de la socialdemocracia adoptan formas particularmente interesantes. Algunos partidos se constituyeron desde su fundación como socialdemócratas, a imagen del Partido de Liberación Nacional en Costa Rica. Otros, en cambio, como el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Partido Socialista de Chile o incluso el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, provienen de tradiciones más ortodoxas, a veces incluso de inspiración comunista, antes de evolucionar, según los contextos nacionales, hacia formas de socialdemocracia, e incluso de social-liberalismo bajo la influencia de la Tercera Vía, un proceso similar al observado en Europa. Otro rasgo distintivo reside en la fuerte huella del populismo dentro de esos partidos aun cuando se los califique como demócratas. Esta particularidad se explica en gran medida por la influencia histórica del peronismo, doctrina surgida del movimiento fundado por Juan Domingo Perón en Argentina, que mezcla nacionalismo, justicia social y culto del liderazgo carismático. En varios países de América Latina, este modelo contribuyó a normalizar la articulación entre un discurso social y una retórica nacionalista, un elemento asumido de manera mucho más abierta que en Europa, donde la izquierda prefiere generalmente reivindicarse del «patriotismo» antes que del «nacionalismo». Similitudes interesantes pueden observarse también en otras latitudes, particularmente en la India. El Congreso Nacional Indio (CNI), aunque en un principio fue un partido atrapa-todo nacido de la lucha por la independencia, atravesó progresivamente un proceso de socialización política, en particular bajo el impulso de Jawaharlal Nehru. La Resolución de Avadi (1955) marca la formalización de ese proceso, mientras que una enmienda constitucional consagra más adelante a la India como una nación soberana, socialista y laica. Sin embargo, a partir de la década de 1990, el partido también opera un giro más liberal, siguiendo una trayectoria comparable a la de los socialdemócratas europeos.
Otro caso igualmente revelador es el del Partido Republicano del Pueblo (CHP) en Turquía. Inicialmente concebido como el aparato partidario de Mustafa Kemal Atatürk, el CHP reposa sobre las seis flechas del kemalismo: republicanismo, populismo, estatismo, reformismo, nacionalismo y laicismo. Nacido en el marco de un sistema de partido único, no rechazaba por ello el ideal democrático: Atatürk veía la democracia como un objetivo a alcanzar una vez modernizada la sociedad turca. Largo tiempo percibido como un partido nacionalista o reformista en oposición al islamismo y al otomanismo, el CHP emprende a partir de la década de 1960 una transformación ideológica: con la democratización de Turquía se redefine progresivamente como un partido socialdemócrata de centroizquierda. El congreso de 1973 formaliza esa orientación, sin por ello renegar de la herencia nacionalista del kemalismo. Esta línea será consolidada posteriormente, en particular frente a los golpes de Estado militares y, más recientemente, frente al ascenso de Erdoğan. En Túnez, el modelo político del Destour presenta ciertas similitudes a la vez con el de Turquía y con el de la India. El Destour no fue fundado como un partido socialista, sino más bien como un partido atrapa-todo, más bien anticolonialista y profundamente inspirado en la corriente del renacimiento político árabe, la Nahda. Reunía en su seno tendencias religiosas —a la vez conservadoras y modernistas— pero también corrientes de tendencia más socializante. Uno de sus fundadores, Abdelaziz Thâalbi, atestigua bastante bien esa diversidad intelectual a través de su obra El espíritu liberal del Corán, que proponía una lectura reformista y racionalista del islam. La creación del Neo-Destour por Habib Bourguiba marca un intento por crear un partido más estructurado, con una ideología más clara, sin transformar por ello al movimiento en un partido plenamente socialista o republicano. Bourguiba, fuertemente influido por la izquierda francesa durante sus estudios, buscará modernizar Túnez conservando al mismo tiempo una dimensión pragmática y nacionalista, algo que recuerda hasta cierto punto al modernismo de Atatürk.
Esta orientación se concreta con la abolición de la monarquía, la separación entre las instituciones religiosas y políticas, y la fundación, en 1964, del Partido Socialista Destouriano (PSD), sucesor del Neo-Destour. Bajo el impulso de Ahmed Ben Salah, entonces «superministro», se elabora un modelo original de socialismo destouriano: se pretende pragmático, reconoce la propiedad privada, rechaza la lucha de clases y el materialismo histórico, admitiendo al mismo tiempo el islam como fuente de moralidad y de cohesión social. Este proyecto buscaba a la vez neutralizar la amenaza comunista, alinearse con el movimiento socialista panárabe (aunque en el fondo era muy distinto al nasserismo o al baazismo) y adaptar el socialismo a las especificidades tunecinas para permitir un desarrollo rápido. Si bien pueden señalarse varios puntos de convergencia con la socialdemocracia europea —rechazo del dogmatismo marxista, valoración del compromiso, apego a la planificación en el marco nacional—, la Túnez de esa época no puede sin embargo ser calificada como una democracia, ni el PSD como un verdadero partido socialdemócrata, en la medida en que el sistema político seguía siendo autoritario y monopartidista. Los últimos años sesenta marcan un giro mayor: el fracaso del modelo socialista, la derrota del nacionalismo socialista árabe tras la guerra de los Seis Días, así como el ascenso de las corrientes comunistas y maoístas en las universidades conducen a la caída de Ahmed Ben Salah y a una liberalización económica progresiva. Ya desde la década de 1970, Túnez se orienta hacia un modelo híbrido que combina apertura económica y mantenimiento de un Estado fuerte, una evolución que recuerda, en muchos aspectos, la lógica de la socialdemocracia.
La transformación se institucionaliza en 1988, cuando, tras la deposición de Bourguiba, el primer ministro Zine El-Abidine Ben Ali funda la Agrupación Constitucional Democrática (RCD), sucesora del PSD. Ben Ali promete entonces una transición democrática y consigue incluso adherir el RCD a la Internacional Socialista (sucesora de la Internacional Obrera Socialista tras la Segunda Guerra Mundial), organización que agrupa a los partidos socialdemócratas y socialistas democráticos del mundo entero. Sin embargo, esta apertura resultará en gran parte ficticia: la democratización anunciada nunca se concretará y Túnez seguirá siendo un régimen autoritario. En la década de 2000, el RCD adopta parcialmente los principios de la «Tercera Vía», conciliando liberalización económica y retórica social, dando así origen a una socialdemocracia de apariencia, más instrumentalizada en las relaciones internacionales y en el discurso que efectivamente aplicada. La revolución tunecina de 2011, seguida por la exclusión del RCD de la Internacional Socialista, marca un momento significativo para la política tunecina. Este acontecimiento revela la existencia de una nebulosa socialdemócrata que, aunque a menudo marginalizada bajo los regímenes destourianos, se había constituido progresivamente desde fines del siglo XX. El Partido Comunista Tunecino (PCT), devenido primero Ettajdid y luego Al Massar, es un ejemplo de ese proceso de transformación ideológica. Surgido de un marxismo ortodoxo alineado con Moscú, se reformó a lo largo de las décadas hasta convertirse en un partido socialdemócrata, jugando un rol de formador para gran parte de los cuadros del centroizquierda tunecino. Otras formaciones surgidas de trayectorias distintas adoptan también una orientación socialdemócrata. El Congreso por la República (CPR), fundado por Moncef Marzouki en 2001, que accederá a la presidencia de la República en 2011, buscó encarnar una versión más humanista de esta tendencia. El Movimiento de los Demócratas Socialistas (MDS), fundado ya en la década de 1970, se aliará con Al Massar en la esperanza de consolidar una fuerza de centroizquierda unificada.
El Partido Democrático Progresista (PDP), largo tiempo principal formación de oposición legal bajo Ben Ali, se fusionará con otras corrientes para dar origen al Partido Al Joumhouri, que adopta una línea intermedia entre socialdemocracia y social-liberalismo. Este último participará brevemente en negociaciones con vistas a una fusión con Al Massar dentro del proyecto Al Qotb, antes de que se interrumpieran ante la apertura de conversaciones entre Al Joumhouri y el partido liberal Afek Tounes. Será finalmente el Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades (FDTL), más conocido como Ettakatol, el que obtendrá la adhesión oficial a la Internacional Socialista. Pese a ello, la socialdemocracia tunecina se caracterizará por una recomposición casi permanente, oscilando entre alianzas y escisiones, y entre acercamiento con las corrientes destourianas liberales —particularmente con Nidaa Tounes, cuyo programa presenta varios elementos socialdemócratas, o incluso con Al Amal— y el mantenimiento de una identidad propia. Otro rasgo saliente reside en la relativa marginalización de esa izquierda socialdemócrata dentro de la izquierda árabe. En Túnez, estos partidos se han mantenido a menudo a distancia de las corrientes socialistas o nacionalistas más radicales, cuya cultura política era juzgada a veces demasiado liberal. Las únicas excepciones notables conciernen al Partido Socialista y al Partido de los Trabajadores, cuyas sensibilidades democráticas permitieron a veces convergencias puntuales. La Corriente Popular (Ettayar Chaabi), nacida de una escisión del CPR y de Al Joumhouri, jugó por otra parte un rol singular al buscar establecer puentes con formaciones como Echaab o Ettakatol, en particular bajo el gobierno de Fakhfakh, gracias a un discurso populista. Por último, un punto esencial merece ser subrayado: la capacidad casi constante de los partidos socialdemócratas tunecinos para cooperar con Ennahdha, ya sea en coaliciones gubernamentales o parlamentarias, algo más raro entre los movimientos del Frente Popular. Del mismo modo, observamos una liberalización creciente en cada experiencia en el poder, que parece indicar que esta evolución responde ante todo a un pragmatismo político y no a una traición ideológica.
Conclusión
Para concluir, hemos podido constatar que la socialdemocracia, tanto en los contextos europeos como internacionales, es un concepto de múltiples significados, cuya interpretación evoluciona según las épocas y los contextos nacionales. Si bien es posible identificar ciertos rasgos comunes a la mayoría de las organizaciones que se reivindican de ella —apego a la democracia representativa, al Estado social y a una economía regulada—, sigue siendo difícil afirmar la existencia de un modelo único de socialdemocracia. Al contrario, parece más justo hablar de un espectro socialdemócrata, atravesado por una pluralidad de experiencias, sensibilidades y trayectorias históricas. Dentro de ese mismo espectro, las luchas internas y las divergencias doctrinales han sido a menudo marcadas, oponiendo a partidos y corrientes surgidos, sin embargo, de una misma familia política. Ello quedó expresado de manera contundente con la escisión de la Alianza Progresista en 2013, en el contexto de las primaveras árabes, dentro de la Internacional Socialista. Esa salida traducía a la vez una voluntad de romper con el calificativo «socialista» juzgado demasiado restrictivo o connotado, en favor de un término más abarcador, el de «progresista», pero también una toma de distancia ideológica respecto de ciertos partidos autoritarios que continuaban reivindicándose de la socialdemocracia y estaban representados en la Internacional Socialista. Así, la socialdemocracia contemporánea aparece pues menos como un bloque homogéneo que como una familia política en perpetua redefinición, tironeada entre herencia histórica, restricciones electorales y adaptación a las transformaciones del mundo globalizado.
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