Saltar al contenido · Skip to content · Salta al contenuto · Zum Inhalt · Ir ao conteúdo · Przejdź do treści
Celebraciones tras la victoria argentina en el Mundial 2022.
Celebraciones tras la victoria argentina en el Mundial 2022.
Índice

Ensayo

Argentina y la nueva juventud albiceleste: La “Patria digital”

Los jóvenes argentinos saben que quieren al país, pero no saben qué tipo de país quieren o pueden tener.

Por Felipe Galli9 de agosto de 202639 min de lectura

Lectura en profundidad

Los recientes choques, enfrentamientos y exabruptos en redes ocurridos durante el Mundial de Fútbol de 2026, junto con otros factores relevantes, han dejado a la Argentina a las puertas de una nueva generación de jóvenes que votarán por primera vez en 2027. Esta generación llegará unida por un “patriotismo de trinchera” contra la agresión xenófoba externa, pero aún profundamente dividida en cuanto al futuro en términos políticos, económicos y sociales.

El 31 de octubre de 2012, la Argentina amplió su participación democrática con la sanción de la Ley 26.774 o “Ley de Voto Joven”, que redujo la edad para votar de dieciocho a dieciséis años, con aplicación a partir de las elecciones legislativas de 2013 y en los sucesivos comicios desde entonces. Este evento, defendido en su momento como un paso hacia la inclusión, parece a simple vista un factor inocuo en el devenir político posterior (marcado por el agravamiento de la crisis económica y cambiaria, los declives en la esfera social y el aumento de la conflictividad y la polarización política). No obstante, en realidad se erige en un punto de inflexión con alta importancia para explicar la actual situación política del país.

Catorce años después de la sanción del voto joven, entre una renovación acelerada de las cohortes demográficas entre elección y elección, la explosión de las redes sociales como un elemento indispensable en la vida de la mayoría, una sucesión de gobiernos denunciados como fallidos, erráticos o decepcionantes (en las figuras de Mauricio Macri y Alberto Fernández) y el ascenso de fuerzas disruptivas como el fenómeno Milei, la Argentina vive un fenómeno social muy particular: el desencanto mayoritario con la dirigencia política y las instituciones por un lado y el reflote del refuerzo a su identidad nacional por el otro.

El presente trabajo tiene como propósito analizar la historia reciente del nacionalismo en cada cohorte generacional de votantes adolescentes desde la sanción del voto joven hasta la fecha, el impacto de la irrupción de las redes sociales y la globalización, el arribo de la selección argentina de fútbol como factor unificador y, finalmente, la erupción nacionalista reciente en el marco del Mundial 2026 y sus posibles desarrollos de cara al ciclo electoral del año que viene.

No vamos a ahondar en predicciones o aseveraciones a futuro, considerando que la situación actual reclama inmediateces analíticas en cuanto al fenómeno (que hemos de llamar provisoriamente “Patria digital”) pero prudencia en cuanto a los diagnósticos y proyecciones eventuales. Con el presente escrito, la idea es abrir la puerta a una discusión honesta sobre las características del “nuevo patriotismo” en Argentina, sus diferencias con el anterior discurso oficial y el estado en el que la cohorte de nuevos votantes jóvenes (de entre 15 y 16 años a la fecha de este escrito) y las fuerzas políticas en disputa llegarán a las urnas el año que viene.

Características e impacto del voto joven: ¿Por qué hablar del voto adolescente?

La Ley 26.774 generó una nueva franja etárea de votantes de entre 16 y 17 años que, en conjunto, suman alrededor de un millón de electores nuevos en cada ciclo electoral. Aunque su participación no es obligatoria, esta ha ido en aumento en los últimos años, acercándose a proporciones similares a la participación del promedio de votantes de otras edades. Y si bien se trata de una porción pequeña habitualmente anexada a una franja mucho más grande (entre votantes de 16 a 29 se constituye un 24% del padrón total), lo más relevante es la generación acelerada de cohortes de votantes adolescentes muy diferentes cada una de la que la precede.

El origen de esta diferencia radica en el reducido espacio de memoria política que tienen estos electores, por el mero hecho de su temprana edad. Limitándose solo a los electores de dieciséis años, nos damos cuenta de que en cada ciclo electoral el presidente deberá rendir cuentas ante votantes que sólo tenían doce años cuando resultó electo. Descontando que los casos de politización juvenil temprana son realmente escasos o minoritarios, podemos inferir que estos nuevos votantes tienen recuerdos muy vagos de gobiernos previos al actual. Por tanto, se explica la volatilidad general de estos votantes y su tendencia a actuar de manera más reactiva que analítica: su margen de comparación es nulo o muy bajo.

Entre las variaciones económicas y sociales y los cambios acelerados que experimenta un niño en su pase a la adolescencia, las cohortes de votantes jóvenes varían mucho entre un año electoral presidencial y otro. La primera cohorte adolescente que votó en 2015 veía limitado su recuerdo político inmediato al mandato de Cristina Fernández de Kirchner, la segunda cohorte que votó en 2019 al de Mauricio Macri, la tercera cohorte que votó en 2023 al de Alberto Fernández (con el agravante de que su adolescencia se vio marcada por el trastorno social de la pandemia) y la cuarta cohorte actual, que sufragará en 2027, llegará con el único recuerdo fresco de la presidencia de Javier Milei.

El comportamiento de estos electores (que procederemos a explicar más a fondo en las siguientes secciones) ha tenido serias variables, pero que resultan difíciles de calcular. De acuerdo con los datos compilados por CIPPEC/Unicef y CNE en 2015, solo un 58% de los votantes de 16 y 17 años concurrió a las urnas. No existen datos que calculen el apoyo exclusivo de esta gama de votantes, sino que se los cuentan como parte de una cohorte mayor de 16 a 29 años, en la cual se estimó un apoyo mayoritario a la candidatura de Daniel Scioli.

Tal patrón se replicó en 2019, en las elecciones que dieron el triunfo a Alberto Fernández. Tal y como en 2015, la mayoría de la cohorte de 16 a 29 años se decantó por el peronismo, aunque en este caso primó más el rechazo a la situación económica bajo el mandato de Macri y la apelación a agendas progresistas entonces populares entre la juventud urbana (como la ola feminista). Del mismo modo, el único dato disponible sobre el voto adolescente pasa por su participación, reportándose un importante aumento con respecto a 2015. Un 64% de los votantes de entre 16 y 17 años emitieron sufragio.

Finalmente, la cohorte juvenil que votó en 2023 fue la que generó mayores debates y por primera vez pone el ojo en su impacto electoral, ante el consenso generalizado de que fueron los jóvenes quienes impulsaron la candidatura de Javier Milei y su posterior ascenso a la presidencia. En este punto, además, la cohorte adolescente tuvo su pico de participación histórica. En la primera vuelta 68.6% de los menores de 18 años habilitados emitieron su voto, menos de nueve puntos por debajo del 77.1% de participación nacional total.

El análisis choca con serias dificultades derivadas del escaso acceso a estudios y análisis que se enfoquen directamente en los votantes adolescentes. La dificultad para encontrar datos desglosados específicamente para la cohorte de votantes de 16 y 17 años más allá de su mera participación y la tendencia reiterada a agruparlos con los “menores de 30” refleja una negligencia o ceguera metodológica de los estudios de opinión pública recientes.

Hay explicaciones para esta falta de literatura que lo vuelven entendible: su reducido tamaño requiere muestras más grandes y caras, encuestar menores de edad es complicado por cuestiones de acceso y el interés político por una franja electoral tan reducida y volátil es escaso. No obstante, es necesario remarcar que aún tratándose de un espacio de votantes de pequeña influencia numérica (entre 2 y 3% del padrón), su composición y características los vuelven indefectiblemente diferentes de las generaciones mayores de edad con la que se los agrupa.

Para empezar, al no ser posible multar a un menor de edad, el voto adolescente en Argentina no es obligatorio sino optativo. Esto desde el principio implica una diferencia sustancial entre los votantes mayores de edad y los menores y se ha visto reflejada en el hecho de que su participación siempre sea inferior a la media nacional, pese a ir en aumento.

En segundo lugar, el votante adolescente (por su condición de menor de edad) tiene un espacio de socialización política mucho más restringido que el de un votante mayor de 18 años, limitado a las redes sociales y en menor medida a la influencia familiar. Asimismo, estos votantes tienen una memoria de gobiernos anteriores más fragmentada y están en una etapa de formación de identidad mucho más intensa y volátil que la de otro votante tan solo unos años mayor. Por comparar, un elector de 16 años tiene diferencias mucho más marcadas con un elector de 26 de lo que este respecto a uno de 36.

Finalmente, el comportamiento del elector adolescente sólo ateniéndonos al factor disponible de su participación refleja diferencias enormes respecto al de sus pares adultos. Mientras que a nivel nacional la participación electoral ha caído constantemente (de 81% en la primera vuelta de 2015 hasta un 77.1% en la de 2023), entre los adolescentes ha aumentado en forma exponencial, a contramano con sus pares mayores. Este único dato que tenemos a mano, el de la concurrencia, ya exige por sí solo un estudio mucho más directo y focalizado del voto adolescente.

Acotados como estamos a los datos disponibles en materia electoral y con las dificultades metodológicas que implica analizar fenómenos como las tendencias en redes sociales y la esfera digital contemporánea, esperamos que este ensayo sirva mayormente para abrir una necesaria discusión sobre el tema, a la espera de que impulse estudios con un material metodológico disponible mucho más enriquecido.

Patriotismo, redes sociales y “sentimiento Ezeiza”

Dado que se trata de un país fundado sobre la base de principios contractualistas y un Estado constituido en el ideario liberal del siglo XIX con poco o nulo margen para basarse en criterios étnicos cerrados, en Argentina se entiende por “nacionalismo” a la manifestación ideológica de un patriotismo basado en valores cívicos y culturales, a la par de una identificación con el Estado, sus símbolos patrios y su representación externa, pudiendo ser esta política, social o deportiva (por ejemplo, en el caso de la selección de fútbol).

En el momento de la sanción de la ley de voto joven, Argentina atravesaba una transición en la identificación que su juventud hacía del nacionalismo. En general, primaba un sentimiento de “patriotismo institucional-escolar”. Para muchos adolescentes argentinos, el concepto de “Patria” se veía fuertemente asociado con la bandera, el himno, la selección de fútbol (que por entonces atravesaba una sequía permanente con derrotas sucesivas) y la enseñanza educativa, así como las apelaciones nostálgicas de sus familiares adultos (Maradona, Malvinas, la democracia, el 1 a 1 en los 90s). Se trataba más de una suerte de “patriotismo por deber” que una verdadera efervescencia nacionalista, aunque hubiera sectores que sí se vieran inclinados por esta.

Entretanto, la década de 2010 implicó un salto en la revolución digital que sacó a millones de argentinos (sobre todo de sectores medios y bajos) del aislamiento internacional. De acuerdo a estudios del INDEC, en 2011 solo entre un 42 y 45% de los ciudadanos argentinos tenían acceso continuo a internet. En los siguientes años, este porcentaje se amplió a un 56% en 2015 (al término del mandato de Cristina Fernández de Kirchner) y a un 62% en 2019 (al término del mandato de Mauricio Macri).

Al poco tiempo, la irrupción de los smartphones y la digitalización forzada durante la pandemia aceleraron una democratización masiva de la esfera digital argentina, y al término del mandato de Alberto Fernández, de acuerdo con los datos de UNICEF, más de un 93% de los hogares urbanos del país tenía acceso a internet móvil o fija, mientras que más de un 96% de los adolescentes tenía acceso a alguna forma de consumo digital. Esto llegó a incluir a los jóvenes de regiones mucho más remotas del interior y a los habitantes de sectores socialmente marginalizados como los pobladores de las villas de emergencia, aún con las obvias diferencias de acceso y consumo.

Este acceso masivo al internet eliminó o debilitó la influencia de barreras de clase o región en el consumo de muchos adolescentes, al tiempo que facilitó la difusión de narrativas comúnmente calificadas como “globalistas”. Influencers, estrellas de la cultura pop, visualizaciones, y un uso cada vez más arraigado del uso de las redes como fuente primaria de información, muy por encima de los medios de comunicación tradicionales.

El acceso de la inmensa mayoría de los adolescentes argentinos a material externo y el contacto fácil con sus pares en otros países disminuyó considerablemente la influencia de su base familiar y escolar durante la última etapa de la década de 2010 hasta la llegada de la pandemia en 2020, donde prácticamente la totalidad de la socialización fuera del hogar quedó limitada a lo digital, lo que implicó un salto generacional aún más severo en las diferencias entre las cohortes de 2015 y 2019 respecto a las de 2023. Los adolescentes que votaron en las elecciones de 2023 no solo tenían recuerdos muy acotados de períodos de gobierno previos al de Alberto Fernández, sino que sus recuerdos de la vida misma previa a la pandemia eran infantiles.

Además de replicar patrones de consumo de otros países y obtener un acceso masivo a información (más allá de las limitaciones, los matices y las salvedades de cada caso), los adolescentes pudieron también contrastar su realidad con las percibidas en otros países. A esto se sumó el deterioro de la situación económica del país que desembocó en la crisis cambiaria de 2018, agravada posteriormente por los picos inflacionarios de la pandemia.

Aunque muchos de los aspectos de ese patriotismo institucional-escolar residual continuaron y continúan muy presentes en la juventud argentina (y el sentimiento de “orgullo nacional” siempre se ha mantenido mayoritario en las encuestas realizadas a tal fin), la situación económica y los contrastes contribuyeron a debilitar la imagen que muchos tenían sobre el país, fenómeno que los tuvo a ellos como protagonistas aunque afectó en mayor o menor medida a toda la población.

En 2010, en un sondeo de la Universidad de Palermo junto a TNS Gallup, un 94% de los encuestados se consideró “orgulloso” o “bastante orgulloso” de ser argentino. Para 2016, al momento del Bicentenario de la Independencia y durante los primeros meses del gobierno de Mauricio Macri, otro sondeo, esta vez de la Universidad Nacional de Tres de Febrero a través del CINEA, reveló que un 65% de los argentinos se sentían “muy orgullosos” de su nacionalidad, mientras que un 19% se manifestaba “algo orgulloso”. Solo un 8% reportó sentirse “poco orgulloso” y un magro 5% “nada orgulloso”.

Para 2023, meses antes de las elecciones primarias, un nuevo sondeo realizado por Delfos mostró que el porcentaje de argentinos que se declaraba “muy nacionalista” rondaba el 58%, mientras que el “algo nacionalista” era de 19% y el “nada” en 10%. La diferencia radicaba en el desglose por edad. Los encuestados de entre 18 y 29 años (entre los cuales figuraría la cohorte electoral adolescente de las elecciones de 2015 y 2019) fueron los menos nacionalistas. El “nada” alcanzó el 23% entre estos.

Si bien, nuevamente, nos encontramos con el bache metodológico de las encuestas juveniles, el despegue de opciones políticas menos “patrióticos” y el giro en los discursos políticos de los dirigentes hacia posiciones más “globalistas” fue, durante este último tiempo, evidente. Si bien se percibe con más claridad desde el lado del antiperonismo (desde la tesis de “apertura al mundo” defendida por Macri hasta la agresiva y en ocasiones exacerbada alineación de Milei con el trumpismo estadounidense), también estuvo presente en el peronismo, con una apelación más decidida a agendas del progresismo global (como la defensa del feminismo y los derechos LGBT) que en algunos puntos del gobierno de Alberto Fernández adquirieron un carácter casi troncal en su discurso, el cual incluso fue objeto de críticas por parte de sectores más conservadores y “ortodoxos” de su militancia.

Frente a esto, durante el período de la pandemia y de cara al ciclo electoral de 2023, comienza a surgir el fenómeno del “sentimiento Ezeiza” entre muchos argentinos. De acuerdo a diversos sondeos realizados durante las últimas décadas (a través de mediciones de Statista y Voices!), el deseo de emigrar trepó ininterrumpidamente entre 2007 hasta 2022 hasta alcanzar picos de entre 40 y 50% en algunas mediciones durante la pandemia. Entre los jóvenes de 16 a 24 años encuestados, algunas veces la intención de abandonar el país superó el 60%, antes de experimentar una caída durante los primeros años de la gestión de Milei. En lo que respecta a las redes sociales, en varias ocasiones se volvió tendencia el mensaje “la salida es por Ezeiza”, y durante la campaña electoral de Javier Milei, se apeló varias veces al eslogan “Milei o Ezeiza”.

Con los datos disponibles, se puede suponer en términos generales y con la juventud en términos particulares que la Argentina llegó al final de la pandemia con su identidad nacional sometida a un creciente entredicho entre la identificación cultural aprendida y el duro pesimismo hacia el futuro del país.

La Albiceleste, el fenómeno Scaloni-Messi y el rebrote patriótico “no político”

En julio de 2021, después de veintiocho años, la selección argentina capitaneada por Leo Messi y dirigida por Lionel Scaloni conquistaba su decimosexta Copa América y ponía fin a un largo período de sequía futbolística para “la Albiceleste”. Este triunfo generó altas expectativas de lo que más tarde sería su coronación definitiva: la victoria en el Mundial de diciembre de 2022 que implicó el tercer triunfo argentino en esta instancia y la primera vez en más de treinta años.

Pese a los intentos históricos de capitalizar el fútbol argentino políticamente y a una vinculación indefectiblemente estrecha entre fútbol y política en el país por motivos culturales, lo cierto es que en general la relación entre el devenir deportivo de la selección y el devenir político del país ha sido nulo. Eso no significa que el accionar individual de los futbolistas o el impacto de una victoria o derrota en el humor social no tenga relevancia.

El 20 de diciembre de 2022, la selección campeona retornó a la Argentina y fue recibida por la mayor manifestación callejera jamás realizada en la historia del país, con un estimado de cinco millones de argentinos cubriendo el Área Metropolitana de Buenos Aires. Fue más del doble que la concentración realizada el 20 de junio de 1973, cuando Perón volvió del exilio, y que era la que hasta entonces ostentaba el récord. Realizado en un momento de marcadas tensiones políticas, es posible decir que en ningún momento de la historia del país pudo ser posible (y es improbable que pueda volver a ser posible) una demostración de unidad semejante al festejo popular por el triunfo en Qatar.

Históricamente, la selección de fútbol ha servido como un símbolo unificador para muchos argentinos por encima de las grietas políticas, aunque con salvedades y matices claros. Uno de estos matices siempre ha sido la permanente comparación entre Maradona (conocido por sus polémicas y públicas opiniones políticas y representativo de sectores marginalizados y desfavorecidos) y Messi (visto más bien como un exponente de sectores más despolitizados y reservados que se encuentran en la clase media), así como las críticas de sectores kirchneristas más militantes a los jugadores que consideran “tibios” o directamente “contreras”.

Frente a esto, para algunos el triunfo de Maradona en 1986 (con especial énfasis en los dos goles a Inglaterra a pocos años de la Guerra de Malvinas) y el de Messi en 2022 eran difícilmente comparables en términos de impacto simbólico, social y político. Sin embargo, sugerir que por eso la dupla Scaloni-Messi no legó un interesante mito nacional para el país sería errado.

Las sucesivas victorias de Messi y Scaloni en Brasil y Qatar se dieron en el apogeo del entredicho del sentimiento patriótico descrito en el apartado anterior, con un abrumador porcentaje de personas deseando emigrar y un descontento permanente con la clase política, la situación económica y el cuadro social del país. Por el lado de Scaloni, el director técnico había asumido su cargo de forma interina en 2019 y había enfrentado una feroz ofensiva mediática en su contra durante sus primeros años en el cargo por su falta de experiencia. Por el lado de Messi, por el contrario, un lustro de triunfos rotundos en clubes extranjeros atados a una serie de fracasos y finales perdidas con Argentina (en especial en el ciclo de 2014 a 2019) parecían dar validez a la generalizada tesis de que al argentino “le va mejor cuando se va”.

En ese contexto, ver a Messi levantar la Copa del Mundo y a Scaloni consagrarse como el director técnico más exitoso en la historia de la selección rompieron una larga serie de mitos y tabúes. De ser un símbolo de que “hasta los mejores pierden” y que “el argentino triunfa en el exterior”, Messi pasaba ahora a representar la imagen de la perseverancia, consiguiendo sus mayores triunfos deportivos en el otoño de su carrera. Por su parte Scaloni, de ser un total desconocido “sin experiencia”, se erigía ahora en un símbolo de la capacidad para “cerrar bocas con todo en contra”. Dos símbolos de éxito individual más que nacional, pero éxito al fin.

La vinculación política de la selección y la continua reticencia de sus jugadores a una expresión directa sobre cuestiones nacionales (fuera de individualidades puntuales) cosecharon algunos comentarios y críticas. Desde el lado del kirchnerismo, la falta de posicionamiento se tomó en muchos casos como un posicionamiento en contra de facto, originado en la negativa del plantel a realizar el festejo desde el balcón de la Casa Rosada con Alberto Fernández, replicando los realizados en 1978 y 1986. Tras el triunfo de Milei y la nueva victoria de la selección en la Copa América de 2024, algunos analistas y figuras de la militancia opositora en redes comenzaron a ver a “la Albiceleste” como un factor de distracción social favorable a Milei.

De este modo, finalizado el año 2025 con un triunfo del oficialismo en las elecciones legislativas de medio término, una topadora de triunfos legislativos para Milei (amén de las deserciones en el seno del Partido Justicialista y la dura interna dentro del espacio opositor por la candidatura presidencial de 2027) y una atmósfera social “apagada” de cara al Mundial de 2026, la situación parecía apuntar a que este factor “unificador nacional” se diluiría.

El Mundial 2026: El sufrimiento deportivo y la “campaña antiargentina”

Argentina llegó al Mundial de 2026 como campeona vigente, debiendo disputar una fase de grupos que incluía a Argelia, Austria y Jordania. En el período previo al Mundial y en especial luego del primer partido contra Argelia (que vio una victoria de 3 a 0 para Argentina con un gol anulado para el equipo árabe), comenzaron a levantarse los primeros mensajes de lo que más tarde se vería como una dura erupción de odio público en redes sociales (más tarde trasladado fuera de la esfera digital), primero contra el equipo argentino, y más tarde contra el país.

Durante las siguientes semanas, numerosas cuentas dedicadas a difusión deportiva comenzaron a difundir recortes de partidos de la selección argentina, enmarcando los hechos para aparentar un sesgo arbitral destinado a favorecer al conjunto albiceleste. A esto se sumó, al poco tiempo, la conspiración política (dado el alineamiento sólido del gobierno de Javier Milei con el de Donald Trump, que presidía la potencia donde se organizó el evento) y finalmente el tema racial (la agitación permanente de la tesis de “la Argentina racista”, las tergiversaciones históricas, el mito del “genocidio negro” y la amplificación de determinados comportamientos por parte de hinchas argentinos), difundido por activistas europeos y estadounidenses.

A medida que avanzó el campeonato, con la albiceleste pasando cómodamente la fase de grupos pero luego sobreviviendo al borde de la eliminación con mucho sufrimiento en los siguientes partidos (Cabo Verde, Egipto y Suiza), los ataques virtuales contra el país se multiplicaron. Un comentario negativo sobre Argentina en redes como X (antes Twitter) podía alcanzar muy fácilmente el millón de vistas y los cientos de miles de likes. El pico provino del histórico partido contra Egipto, en el que Argentina logró remontar un resultado de 2 a 0 en los últimos quince minutos hasta una victoria por 3 a 2 sobre el final. Muchas de estas cuentas amplificaron las declaraciones encendidas de Hossam Hassan, director técnico de Egipto, quién protestó sin evidencia lo que consideró una manipulación arbitral en su contra.

En cuestión de días, la agresividad contra los argentinos recorrió terrenos digitales muy alejados del ámbito deportivo, con énfasis en espacios como X y Reddit. En grupos de fandom dedicados a unir a aficionados a estrellas de K-Pop, series de animé, arte digital y una larga lista de entornos globalizados se expulsó o maltrató a diversos adolescentes argentinos, forzando a muchos de estos a construir redes de apoyo propias. Memes violentos, comentarios maliciosos y, finalmente, ataques contra locales argentinos en ciertos países específicos se volvieron virales y alcanzaron varios millones de interacciones. Para muchos argentinos jóvenes de las más diversas comunidades, lo que antes era un refugio seguro en su esfera digital terminó por convertirse en un campo de batalla constante.

No es propósito del presente escrito juzgar la veracidad o no de la “campaña antiargentina”, por ahora objeto de profundos y polarizantes debates en diversos ámbitos. Sin embargo, operaremos bajo dos supuestos en los que se puede consensuar hechos: 1) la agresión digital desmedida contra usuarios argentinos tuvo lugar, 2) las víctimas principales de estas agresiones fueron los argentinos con una vida digital más fluida. En este último punto radica el foco del análisis. Los adolescentes argentinos fueron, pues, los más afectados por lo que ocurrió.

De acuerdo con un sondeo realizado por la consultora Trespuntozero, un 79.1% de los argentinos cree que existe una campaña contra el país, mientras que un 69.2% cree que fue organizada desde el exterior. Frente a esta sensación de agresión colectiva contra el país, se puede percibir la posibilidad de un nuevo fenómeno: el “patriotismo de trinchera”. El sentimiento nacionalista ya no pasaba por un reflejo de réplica institucional-escolar, ni por la exaltación de un movimiento político concreto, ni tampoco por el sentir compartido de una camiseta de fútbol, sino por una reacción directa contra lo que se consideraba una agresión externa.

Parte de esa oleada reactiva incluyó la organización de grupos para denunciar eventos de xenofobia en el extranjero o reportar contenido xenófobo en redes hasta intentos de organizar “escraches” contra extranjeros residentes en Argentina que replicaron contenido percibido como negativo sobre el país o (en menor medida) que apoyaron públicamente a los rivales deportivos de la Albiceleste.

En ese contexto, Argentina llegó a la semifinal contra Inglaterra el 15 de julio, partido cargado de obvias implicancias históricas por el conflicto por la soberanía de las Islas Malvinas. El evento, precedido por una serie de controversias en cuanto a la prohibición de que la hinchada llevara material alusivo al conflicto diplomático entre ambos países, concluyó con un histórico cierre cuando los jugadores mismos levantaron una sábana con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas”, cosechando un sólido apoyo dentro del país y exacerbando las cuestiones políticas, sociales y digitales que rodeaban el evento.

El accionar de los jugadores al término del partido (que incluyó a futbolistas con carreras en clubes ingleses y desató pedidos de expulsión o sanciones en Gran Bretaña) rompió el mito de una selección “apolítica”. El fenómeno Scaloni-Messi dejó de representar un mero ejemplo de éxito individual o un simple simbolismo deportivo para adherir al efecto del “patriotismo de trinchera” que buena parte de la juventud argentina estaba experimentando en ese momento.

A pesar de la derrota en la final contra España, el Mundial de 2026 terminó teniendo un impacto mucho más profundo en la concepción nacionalista dentro del país. Incluso la misma derrota implicó un nuevo paso para la cohorte generacional que sufragará en 2027. La mayoría llevaba más de la mitad de su vida, desde la niñez, sin ver a la selección perder un torneo internacional clave. Con el fin del ciclo de victorias futbolísticas, el renovado patriotismo puede hacer su tránsito natural a otras esferas.

Impacto político: Sin beneficiarios claro

Por fuera de lo futbolístico, el impacto político total del nuevo “patriotismo de trinchera” sólo podrá verse en su totalidad con el tiempo (si resulta en algo tangible que llegue a impactar electoralmente o si se diluye). No obstante, hubo signos claros durante el mismo Mundial, y un ejemplo claro para tratarlo es el debate por la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, impulsada por el gobierno de Milei, que obtuvo media sanción en el Senado a los pocos días del torneo pero que enfrentó duras modificaciones, en gran medida derivadas de lo ocurrido.

El gobierno llevaba meses impulsando esta legislación, que incluía la casi derogación de la Ley de Tierras de 2011 (que limitaba la titularidad extranjera de tierras productivas), la modificación de la Ley de Manejo del Fuego (permitiendo un cambio de uso de suelo más temprano después de un incendio), la agilización de desalojos forzosos, la restricción a las expropiaciones, entre otras medidas.

Si bien la estrategia legislativa del oficialismo durante los últimos tres años ha pasado por presentar proyectos muy ambiciosos y tolerar su “poda” para permitir la aprobación de medidas más modestas pero “urgentes”, las negociaciones apuntaban a que la deserción de senadores peronistas después de la victoria oficialista en 2025 y la racha de triunfos legislativos en los primeros meses del año, amén de una movilización social cada vez más apática por la crisis interna de la oposición, permitirían al gobierno aprobar la ley completa.

El debate se programó para el 16 de julio, tan solo un día después de la semifinal. Sin embargo, la acción de los jugadores al levantar la bandera con la inscripción de las Malvinas y la reacción en redes asustó a sectores en el bloque “dialoguista” del Senado, con algunos legisladores dando vuelta atrás su apoyo a la ley a solo horas del debate. El mismo 16 de julio, el oficialismo tuvo que solicitar un cuarto intermedio hasta el 6 de agosto, buscando “patear” el debate para después del Mundial.

Frente al renovado impulso nacionalista, el costo político de aprobar la extranjerización de tierras se amplió considerablemente. El descontento del gobierno para con el gesto de la selección se hizo evidente en las tensiones entre el oficialismo y la AFA en los días previos a la final, con comentarios críticos de Milei al gesto de los jugadores durante una entrevista, y más tarde llegando a trascender públicamente que, de haber ganado la Argentina, el plantel habría rechazado una reunión en Casa Rosada tal y como lo hizo en 2022.

Cuando finalmente se retomó el debate, el 5 de agosto el oficialismo se vio obligado a retirar por completo el capítulo referido a la reforma de la Ley de Tierras. Al día siguiente, durante la sesión, también eliminó el capítulo sobre el cambio de uso del suelo tras incendios. El proyecto terminó por obtener una agónica media sanción por 37 votos a 33.

El episodio cobra relevancia por la nula capacidad de las fuerzas políticas para apropiarse del nacionalismo. Desde el oficialismo, Milei venía aprovechando el impulso de la “campaña antiargentina” para intentar imponer una agenda ideológica-identitaria, acusando al gobierno de Brasil de estar detrás de los ataques en redes y decretando la expulsión de los extranjeros que insultaran al país o a sus símbolos patrios. Por su parte, el peronismo intentó alzar la bandera de la defensa de la soberanía nacional, pero el proceso del debate (incluyendo la sonada ausencia de la kirchnerista Anabel Fernández Sagasti por razón de su embarazo y las discusiones estériles entre militantes y dirigentes) expusó la notable desconexión entre el liderazgo peronista y la juventud argentina actual.

En síntesis, la ola del “patriotismo de trinchera” se caracteriza (además de por su carácter cada vez más transversal) por su orfandad política. Las encuestas siguen mostrando un fuerte rechazo público a los partidos políticos tradicionales y, al mismo tiempo, un constante pesimismo sobre el devenir económico del país bajo el gobierno de Milei. Por contra, las opiniones sobre el accionar de la selección durante el Mundial reflejan una aprobación abrumadora, con apoyos variables de 66% a 83% dependiendo de la encuestadora. La “ola albiceleste” pudo lograr el suficiente poder de calle para precipitar un traspié político para el gobierno. No obstante, los dirigentes partidarios de la oposición se vieron desconectados de un papel protagónico, operando exclusivamente como resorte de veto institucional.

Oficialistas vs. opositores: Un patriotismo diferido

El fenómeno del “patriotismo de trinchera” fue bastante transversal, con epicentro en los jóvenes y mayores consecuencias en los adolescentes que votarán por primera vez en 2027. No obstante, cabe aclarar que ese patriotismo viene diferido por los obvios matices de ideología, clase social o región que nunca desaparecen del todo. En lo que respecta al eventual impacto político, podemos agrupar las dos visiones del “nuevo patriotismo” en dos porciones, la oficialista (alineada con el discurso del gobierno de Milei) y la opositora (hoy políticamente descabezada pero con expresiones de voto probable entre el peronismo y la izquierda).

Por el lado del oficialismo, se percibe una retórica que reivindica al país como un bastión de ideales occidentales, conservadores o económicamente liberales y un rechazo al odio extranjero como un “ataque por parte de la cultura woke”. El discurso acá viene más definido por el hecho de que el presidente se ha expresado en ese sentido, con consecuencias en el ámbito diplomático (como la relación con Brasil).

Por el lado de la oposición, la retórica pasa por una denuncia a una agresión por parte de poderes extranjeros cuyo fin sería “dominar” al país, con énfasis en potencias como Estados Unidos e Israel y en menor medida Europa. En ese sentido, se denuncia al gobierno de Milei como cómplice de esta supuesta iniciativa y se reivindica tanto la defensa de la soberanía territorial como el rechazo a las políticas liberales.

Los elementos comunes entre ambas visiones vienen siendo básicamente los mismos: reivindicación de los símbolos patrios, el himno, la bandera y la selección de fútbol y apelación conspirativa a una “agresión organizada desde el exterior” en contra del país. No obstante, lo diferido de su visión política (tanto en términos económicos e institucionales como en términos de construcción del “enemigo discursivo”) y exterior anula cualquier entendimiento.

Desde una posición opositora (y con más dureza desde una posición peronista) es fácil descartar la visión del discurso nacionalista desde la óptica libertaria como un patriotismo performativo, empleado únicamente para justificar al gobierno. Asimismo, desde la visión oficialista ya se ha incurrido en descalificar el discurso opositor como una exaltación al kirchnerismo o al peronismo (en muchos casos de forma ingenua, en cuanto a que hablamos de varios votantes que eran niños durante el último gobierno peronista).

Pero a pesar de las considerables diferencias de discursos, ideas y de nivel de entrega real de estos nuevos votantes en sus dos grandes variantes (la oficialista y la opositora), en lo que respecta a la juventud, es posible percibir que se trata de un resultado derivado del mismo fenómeno: el aumento de la autoidentificación patriótica respecto a las cohortes generacionales previas más globalizadas.

Hacia 2027: ¿Quién podría capitalizarlo?

De cara a un eventual proceso electoral, analizar el potencial accionar de la cohorte juvenil de 2027 es extremadamente difícil, sino imposible por cuestiones de lejanía, faltando más de un año para la próxima elección, y volatilidad general.

Por tanto, lo máximo que se puede hacer es estudiar qué factores a favor y qué factores en contra tienen las principales fuerzas políticas del país. Por cuestiones de espacio e incertidumbre ante posibles candidaturas nos hemos limitado a cuatro (Milei, el peronismo, las terceras fuerzas potenciales y la izquierda).

Milei y los libertarios:

  • Pros: El oficialismo goza de la que por lejos es la estructura más aceitada en materia de redes sociales, al menos a día de hoy. Su capacidad de alcanzar a electores más jóvenes fue clave en las elecciones de 2023 y 2025 y, si bien se percibe un cierto deterioro en la base de votantes que llevó a Milei en la presidencia, la mayoría de las encuestas consideran que el presidente sigue teniendo un apoyo importante en el voto joven, a la par que conservaría el respaldo del antiperonismo tradicional. Su apelación a un “nacionalismo performático” basado en la restricción migratoria o exaltación simbólica de ciertas medidas puede favorecerlo entre jóvenes con un patriotismo basado más en sentimientos explosivos que en un nacionalismo complejo.
  • Contras: En 2023, Milei se benefició de la irrupción de una cohorte juvenil influenciada por el rechazo a la clase política establecida, la alta inflación y el desplome del nacionalismo o su menor importancia frente al panorama socioeconómico inmediato. Pasados cuatro años, Milei llegará a las urnas a enfrentar a una nueva cohorte cuyo recuerdo político mayoritario ha sido su gobierno e imágenes muy vagas del de Alberto Fernández, con problemas para retener la cohorte previa y, luego de haber administrado el país durante cuatro años, la bala de la novedad política que representó en el ciclo anterior ya habrá sido gastada. Si en los próximos meses no se produjera un marcado cambio en la situación social, es esperable que muchos electores jóvenes reaccionen con un “voto bronca” por inmediatez, tal y como el que sufrieron sus dos predecesores inmediatos en la presidencia. La apelación a un pasado negativo o a una herencia complicada es nula y sin efecto entre votantes que no la recuerdan. Asimismo, muchos de los agentes del oficialismo en redes sociales muestran una tendencia agresiva y violenta que puede espantar a estos votantes nuevos. Tratar de “kuka” a un adolescente que tenía solo doce años cuando Milei fue electo demuestra que la incapacidad del gobierno para aceptar las críticas puede complicarlo con electores más “rebeldes”.

El peronismo:

  • Pros: El peronismo tiene un historial sólido en el manejo del discurso nacionalista, el cual ha sido uno de los pilares inamovibles del movimiento desde su surgimiento en 1945. Uno de los principales factores que explican la continua supervivencia del espacio político pese a sus constantes contradicciones, cambios de discursos y recambios caóticos de dirigencia ha sido su habilidad para mimetizarse con la identidad nacional del momento (apelación permanente a símbolos patrios y fuerte capacidad de adaptación de los vientos del momento a la exaltación de la historia y las causas nacionales). Su discurso de defensa de los recursos naturales, la soberanía territorial y los derechos sociales, así como su posible diferenciamiento discursivo de la izquierda internacional (que en otros tiempos era un lastre o una complicación) le sirve para apelar a generaciones progresistas desencantadas con la retórica global. Asimismo, su estructura política sólida en todo el país y la certeza generalizada de que se trata de la única fuerza capaz de derrotar a Milei articula por defecto el voto opositor.
  • Contras: La habilidad del peronismo para manejar el discurso nacionalista choca con su desgaste y su demostrada incapacidad para apelar al electorado joven, tal y como se vio en las más recientes campañas electorales. Mala estrategia de redes sociales, tendencia al discurso paternalista y exaltación de símbolos o dirigencias que para la juventud guardan escasa relación con su panorama actual. Para muchos votantes adolescentes Perón y Evita son prehistoria y Néstor y Cristina la Roma Antigua. El único recuerdo real que tienen del peronismo gobernando es marcadamente negativo (el gobierno de Alberto Fernández) y si bien es un recuerdo vago (asociado con la niñez), el peronismo llega al 2026 demostrando muy pocos pasos en aras de diferenciarse de él. Para muchos votantes (y sobre todo para los más jóvenes), el peronismo es el mismo espacio político desgastado, errático y dividido que le entregó el poder a Milei en diciembre de 2023. Es entendible que no “entusiasme” ni “enamore” demasiado, como se ha criticado en múltiples ocasiones a Axel Kicillof y a otras de sus potenciales figuras. Esto sin duda representa una complicación de cara a derrotar a un oficialismo que domina el discurso juvenil incluso en un contexto desfavorable.

Terceras candidaturas disidentes

  • Pros: Aunque todavía es muy pronto debido a que el reordenamiento del panorama político para las elecciones de 2027 no ha comenzado aún, el desfase de las cohortes generacionales con respecto a los mandatos presidenciales de los predecesores de Milei abre la puerta al surgimiento de otro tercero salido de las disidencias del peronismo y el antiperonismo. Un buen manejo de esta “ola patriótica” por parte de dirigentes ajenos al actual panorama y vinculados a fuerza provinciales o a partidos nacionales ajenos al gobierno y la oposición mayoritaria podría representar una ventana de oportunidad.
  • Contras: Desde los residuos del PRO y la Unión Cívica Radical hasta el Partido Socialista o los peronismos provinciales, los partidos tradicionales son los más afectados por el desgaste y ninguno reúne una alta confianza ante el electorado. A esto se suma que su manejo del discurso nacionalista es bastante débil y que muchos de estos partidos son percibidos como opciones “tibias”, “débiles” o incluso “títeres” ante el predominio de posiciones retóricas más duras y agresivas. Muchas de estas fuerzas hoy por hoy ocupan gobernaciones e intendencias, lo que los vuelve blancos de críticas directas que anulan su capacidad de constituirse en una alternativa “superadora”.

La izquierda:

  • Pros: De la mano de Myriam Bregman, el Frente de Izquierda viene progresando en algunas encuestas, sobre todo entre votantes opositores jóvenes, que lo ven como una fuerza política más “sincera y directa” que el peronismo. La imagen positiva de la diputada trotskista se ha ido consolidando por el descrédito de otras fuerzas políticas, así como la percepción de continuidad y estabilidad del FIT ante otros partidos y coaliciones políticas. El hecho de que estén vinculados a un movimiento internacional no demasiado poderoso (el FIT argentino es, con diferencia, el partido trotskista más electoralmente exitoso en la era contemporánea) puede beneficiarlos de la misma forma que el peronismo se beneficia de sus diferencias de la centroizquierda internacional. Durante las últimas semanas, en medio de la euforia durante el Mundial y las protestas en contra de la agenda legislativa del gobierno, figuras del partido han apelado a elementos “nacionalizantes” del discurso, como la reivindicación de la causa Malvinas en aras del antiimperialismo.
  • Contras: El dogmatismo trotskista y marxista del FIT complejiza su capacidad para apelar a un discurso basado en el nacionalismo o el patriotismo, lo que lo pone en desventaja frente al peronismo en una campaña electoral avanzada. El historial de muchos de sus dirigentes (incluyendo la propia Bregman) de rechazo a los símbolos patrios genera archivos sensibles difíciles de voltear. Si bien su discurso radical puede captar a votantes jóvenes que no le den importancia a la viabilidad de sus propuestas, la falta de un programa político definido y su rechazo a asumir una retórica más “patriota” que simplemente “antiimperialista” puede terminar por jugarles en contra.

Conclusión

En base a lo visto, podemos concluir que en términos generales la cohorte generacional que cumplirá 16 años en los próximos meses y emitirá su primer voto el año que viene se caracteriza por tres componentes que, aunque no pueden arrojarnos datos sólidos, pueden influir mucho en su voto:

  • Primero, el pesimismo y la ansiedad económica como un elemento crónico de sus vidas. Estos jóvenes no tienen recuerdos sólidos de un período de bonanza o estabilidad que les permita hacer asociaciones nostálgicas. Su infancia y adolescencia se vivieron en etapas de crisis o transición económica.
  • Segundo, como consecuencia de lo primero, un descrédito permanente del discurso político tradicional entre ellos. Sin nadie que los represente, son un caldo de cultivo ideal para el eventual ascenso de opciones rupturistas o (incluso más preocupante) el disparo de un sentimiento antipolítico que pueda tornarse radical o apático.
  • Tercero, un renovado patriotismo (que la distancia bastante de las cohortes generacionales previas, apáticas tanto en el sentido político como en el nacional) pero más que nada reactivo (en torno a la trinchera de “defender la bandera del ataque extranjero”), divorciado de la política (no le deben nada a nadie) y diferido por ideología en cuanto toca a esta (saben que quieren al país, pero no saben qué tipo de país quieren o pueden tener).

Resulta como mínimo fascinante determinar que el posible retorno de los argentinos a una concepción más “nacionalista” o “patriótica” derive precisamente de factores que resultaron claves en su decadencia, sin ir más lejos la esfera digital. Lo que en su momento sirvió como puente conector de millones de adolescentes argentinos con el mundo exterior, terminaría por ser el pilar del “nuevo patriotismo” argentino.

Es posible cuestionar muchas cosas sin tener tantos datos concretos (a falta de encuestas que cubran específicamente esa franja electoral y con el apuro de escribir un ensayo rápido sobre eventos que acaban de tener lugar). Sin embargo, es innegable el impacto político inmediato, si tenemos en cuenta el traspié legislativo del gobierno, el fracaso de la oposición para capitalizarlo y los choques diplomáticos que se registraron. Ya no se trata tanto de cuestionar “qué hubo” y “qué no hubo”, sino estudiar “cómo nos afecta que tantos argentinos crean que hubo”.

Este repaso general por los acontecimientos que rodearon el Mundial de 2026, el voto joven y los últimos acontecimientos políticos en el gobierno de Milei dejan un sinnúmero de preguntas abiertas de cara a 2027. ¿Cómo votarán estos jóvenes? ¿Cuánto impactará la percepción de odio externo en su deseo de emigrar o quedarse? ¿Qué opciones políticas (nuevas o viejas) pueden capitalizar la “ola albiceleste”?

Referencias

Compartir

Para Instagram: copiá el link y pegalo en tu historia o mensaje directo.

Para leer después

Continuá con

  • Fachada principal del Palau de la Generalitat de Catalunya, sede del gobierno catalán, en la Plaça de Sant Jaume de Barcelona. Foto: Serge Melki, Wikimedia Commons (CC BY 2.0).

    Política internacional

    El nuevo oasis catalán, o como la tormenta precede a la calma

    Del pujolismo sociológico al procés y su resaca: recorrido por los tres grandes oasis catalanes de la historia reciente y por la nueva etapa de calma institucional que se abre en Catalunya tras la década perdida.

    Víctor-Xavier Bigorra Lorenzo

  • El Capitolio Nacional de La Habana, sede del Parlamento cubano y símbolo de la institucionalidad republicana de la isla. Foto: Nigel Pacquette, Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).

    Política internacional

    Goodbye Lenin o Hello Putin?

    Las 176 medidas anunciadas por La Habana son la enésima apertura económica sin reforma política. La pregunta no es si Cuba se vuelve capitalista, sino si muta hacia un autoritarismo oligárquico al estilo de Rusia o Bielorrusia.

    Ernesto Sardiñas

  • Bandera del Orgullo LGBT. El derecho a existir todavía depende, para un tercio de los países del mundo, de la suerte geográfica.

    Ensayo humanista

    Homosexualidad ilegal: Donde la ley prohíbe existir

    Cinco testimonios desde Nigeria, Camerún, Pakistán y Trinidad y Tobago, países donde pertenecer al colectivo LGBT sigue siendo un delito. La distancia entre tener derechos y depender de la suerte geográfica.

    Felipe Galli

Comentarios

Todavía no hay comentarios. Abrí la conversación.

Iniciá sesión para comentar. Iniciar sesión