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UNA SOCIEDAD APAGADA POR LA LUZ

Política internacional

UNA SOCIEDAD APAGADA POR LA LUZ

Cuando la noche desaparece bajo el resplandor artificial, no sólo perdemos las estrellas: perdemos el sueño, la biodiversidad y la capacidad de contemplar. Un análisis de los costos invisibles de la contaminación lumínica.

Por Pedro Joaquin Villagra Delgado6 de septiembre de 202617 min de lectura

Lectura en profundidad

Si alguno de ustedes que me está leyendo en este momento quizás haya tenido la suerte de al menos retirarse en un día de campo bien alejada de la urbanización, entonces seguramente le tocó, asumiendo que aquel día estuviera despejado y haya caído la noche, presenciar un cielo iluminado por pequeños puntos que en su conjunto podrán asemejarse a una ciudad entera vista desde arriba en una noche desde el espacio.

Lo cierto es que sabemos que aquellos son estrellas que en nuestro campo visual conectan puntos que le permitieron a las civilizaciones antiguas ponerse de acuerdo que aquello formaba figuras que representaban seres y protagonistas de mitos y leyendas. Hoy entendemos, sin embargo, que muchas de estas estrellas que aparentan encontrarse en paralelo una con la otra, pueden de hecho encontrarse a miles de años luz de distancia entre sí.

Pero independientemente de que uno sepa o no ese dato, o se pusiera a pensar en ello o en la posibilidad de que en aquel bosque oscuro y lejano llamado universo se encuentre alguna civilización oculta, la realidad es que contemplar un cielo totalmente imperturbado por la luz rodeando de los sonidos nocturnos es una experiencia sumamente mágica.

Pero todo lo naturalmente puro en algún momento es alcanzado por la civilización y el cielo nocturno lamentablemente no es la excepción. Lo cierto es que la noche tal como lo contemplaban las personas hace doscientos años atrás está desapareciendo, y no porque las estrellas lo estén haciendo, sino por un fenómeno físico llamado luz que se está presentando en el momento inoportuno, cuando debería haber oscuridad, opacando la luz de las estrellas y de esta manera dificultando su visualización.

Eso sí, no me mal entiendan, la luz es un fenómeno totalmente común en la naturaleza y esencial para que se desarrolle la vida en la tierra, ya que gracias a ella las plantas pueden generar su propia fuente de energía permitiendo el sostén de toda una red trófica que involucra a las demás especies, tanto herbívoras como carnívoras.

La luz también determina un montón de funciones fisiológicas, metabólicas y comportamentales en casi todo tipo de organismos, desde permitir el desarrollo de la visión, la síntesis de la vitamina D y neurotransmisores en una familia importante de organismos, los ritmos circadianos y hasta el establecimiento de patrones de apareamiento, como el caso de la luciérnagas que guían a sus potenciales parejas mediante la luz en la oscuridad.

Pero por más que la luz sea un fenómeno esencial para la vida, el amor humano por ella se nos ha ido un poco de las manos, para no decir bastante de las manos. Desde inicios de la humanidad, la oscuridad ha sido sinónimo de misterio, de lo desconocido y de posibles peligros; nuestros antepasados más primitivos imaginaban que envuelto en aquel manto oscuro de la noche se podría esconder algún depredador u otro peligro del que no podríamos estar del todo seguro, no por nada el color negro nos produce esa sensación de misterio y en muchos casos miedo; tal es así que lo oculto y oscuro es un recurso que se utiliza en reiteradas ocasiones para generar pavor en las películas de terror.

Por ello, desde que el ser humano logró manipular el fuego, este se volvió un refugio ante lo desconocido o lo que no se podía observar y no menos importante, aportaba calor y permitía cocer los alimentos mejorando nuestra dieta de aquel entonces.

Pero a medida que fue avanzando la tecnología la capacidad de generar luz se hizo cada vez más eficiente y accesible, el uso y la dependencia hacia la luz artificial no ha parado de escalar. Con la llegada de la revolución industrial este proceso se aceleró de manera abismal, sobre todo con la llegada de la bombilla incandescente creada por Thomas Edison en 1879 que se utilizó para iluminar las calles nocturnas de Nueva York, desde entonces la iluminación no solo en los hogares sino en todo el espacio público se extendió de manera exponencial volviéndose una política prácticamente obligatoria en cualquier espacio urbanizado.

Dicho proceso aportó comodidad y sensación de seguridad en las poblaciones urbanas, y es así que una vez el ser humano entra en un estado de confort resulta enorme dificultad regresarlo a su estado anterior. De hecho, cualquier persona de ciudad prefiere transitar en la zona mejor iluminada posible ya que le permite orientarse mejor, además de brindar mayor seguridad.

De hecho, según un metanálisis de varios estudios realizados en ciudades de Estados Unidos y el Reino Unido, la iluminación urbana contribuye a la reducción del crimen siendo la evidencia más visible en ciudades del Reino Unido. Una explicación lógica de aquello es que la luz permite exponer con mayor facilidad la actividad de las personas y la otra es que permite que un sitio sea más concurrido disminuyendo así la tentativa de un acto delictivo. No obstante, los resultados no han sido similares en todas las ciudades e incluso muchas de ellas no mostraron reducciones significativas, especialmente ciudades de Estados Unidos (Welsh & Farrington, 2008).

Pero si bien la iluminación artificial ofrece beneficios en la población, o por lo menos una sensación de mayor comodidad, su expansión también ha acompañado a la industrialización y al crecimiento de las ciudades. El fenómeno ha alcanzado tal magnitud que, en muchas situaciones, hacemos un uso innecesario de la luz.

Entiendo que puede parecer difícil de interpretar el término “uso innecesario de la luz artificial” siendo que muchos de nosotros ya nos encontramos acostumbrados al exceso de esta, desde mantener la luz encendida en alguna habitación o pasillo durante toda la noche hasta el colocado de luz artificial LED en cualquier circuito o espacio mínimamente concurrido, ya sea en un espacio rural o no, pero al día de hoy aparentaría que las personas no pueden soportar ni un mínimo espacio sin luz en horarios nocturnos, incluido en espacios rurales o próximos a espacios salvajes en donde se sobreentiende que es normal que no hay luz.

Para que podamos dimensionar esta desproporcionalidad de la luz artificial, imágenes satelitales previos al año 2000 con el objetivo de cuantificar el brillo del cielo terrestre mostraron que varias regiones del planeta mostraban un brillo que superaban hasta veintisiete veces la luminosidad nocturna natural, mientras que el 99 % de la población de Estados Unidos, de la Unión Europea y dos terceras partes de la población mundial vivían en cielos con brillo por encima del umbral de polución lumínica (que representa más del 10 % de la iluminación nocturna original).

En esta misma línea en aquel entonces el 80 % de la población de Estados Unidos vivía en cielos nocturnos con una intensidad lumínica comparables a noches con luna llena, pero nada de eso se puede contrastarse con la situación de las megas ciudades donde directamente se podrían alcanzar valores de brillo nocturno superiores a veintisiete veces el luz natural nocturna (Cinzano et al., 2001).

Ahora bien, ya con todo esto entendimos que el uso que le estamos dando a la luz artificial es algo excesivo, ¿pero en que nos impacta en la cotidianidad? Podrían suponer que estaríamos perturbando a los animales y plantas, pero eso no nos perjudica de manera directa; aunque la realidad es que de ello deriva un impacto en nosotros potencialmente más grande de lo que uno podría suponer en lo que respecta a nuestra salud.

El exceso de luz artificial es en esencia un contaminante ambiental, no son de esos tangibles como los tóxicos o el mismo smog, de hecho, como habíamos visto, suele ser muy bienvenido nuestra sociedad, pero en efecto este exceso es contaminación lumínica que afecta nuestra fisiología.

Seguramente han oído hablar de la hormona melatonina, muy conocida en este contexto de la epidemia de la falta de sueño. La melatonina es una de las principales señales hormonales involucradas en la regulación de los ritmos circadianos y del ciclo sueño-vigilia, en pocas palabras es la hormona que nos prepara para el sueño en el momento oportuno del día, que es la noche, esto incluye cambios en un montón de funciones, como el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, cambios en el metabolismo del azúcar y generación de energía, actividad cerebral, entre otras.

La producción de melatonina por la glándula pineal está regulada por nuestro reloj biológico central, ubicado en una región cerebral llamada núcleo supraquiasmático (NSQ). Este reloj recibe información sobre la cantidad de luz ambiental a través de la retina. Durante la noche, la disminución de esa señal lumínica favorece la producción de melatonina, mientras que la exposición a la luz durante horarios nocturnos puede retrasarla o reducirla.

Cómo podríamos deducir, ese proceso natural que marcaba nuestro horario de sueño, que era la noche, se está volviendo cada vez más difuso debido a la contaminación lumínica lo que altera nuestro ciclo de sueño-vigilia.

A este problema se le suma un cambio tecnológico ocurrido durante las últimas décadas: el avance de la iluminación mediante diodos emisores de luz, conocidos comúnmente como LED. El cual produce luz sin la necesidad de filamentos incandescentes y gases fluorescentes, lo cual permite generar luz sin producir calor excesivo traduciéndose en una mayor durabilidad. Por otro lado, esta tecnología permite producir mayor luminiscencia con menor consumo de electricidad, lo que supone mayor iluminación al mismo tiempo que se consume menos energía.

Pero si bien resulta sumamente práctico e incluso “favorable para el medio ambiente” en lo estrictamente relacionado con la producción de energía y la reducción de la huella de carbono, resulta que en otros aspectos puede ser sumamente tóxico para muchos organismos incluyendo al ser humano.

La iluminación de ciertos tipos mayormente extendidos dentro de la luz LED emite una proporción importante de iluminación dentro del rango azul del espectro visible, y por si fuera poco, la misma está visiblemente constituida por ondas de distintas frecuencias y niveles de energía que percibimos como distintos colores; Siendo así, el azul uno de los más energéticos dentro de este mismo espectro. Ante ello, advertimos que hay algo todavía más importante para lo cual se nos interpela dado que la luz azul puede retrasar la liberación natural de la melatonina, haciendo más pronunciados sus efectos sobre el ciclo del sueño.

Imaginemos por consiguiente que no solo la luz LED se está extendiendo en la iluminación urbana, sino que es una tecnología que se implementa en dispositivos como los celulares inteligentes y las computadoras, y la melatonina al participar en varios proceso metabólicos al mismo tiempo, su disrupción puede traer así varias consecuencias en la salud general.

Un estudio de metaanálisis, examinó los resultados de varios trabajos a la vez, encontrando que varias asociaciones entre diversas patologías y la exposición a niveles de moderados a altos de luz LED. Entre ellas, predominaban las enfermedades cardiovasculares tales como un mayor tendencia a desarrollar hipertensión representada como una mayor presión sistólica en poblaciones de zonas con mayor luminosidad, las cuales estaban asociadas con un mayor urbanización tanto en china como en la india.

Consecuentemente de lo mencionado, se han encontrado asociaciones con enfermedades más graves dentro de esta categoría, como lo son los accidentes cerebro vasculares (ACV) y enfermedades coronarias en regiones con mayor exposición a la luz azul.

Sumado a ello la exposición a mayores dosis de luz LED azul también fueron asociadas a enfermedades metabólicas como la diabetes, mostrando así mayores niveles de glucosa en sangre y resistencia a la insulina, y por si fuera poco el presente metaanálisis, también encontró una fuerte correlación entre la exposición de este tipo de iluminación en niños alemanes con procesos autoinmunes en los “islotes” del páncreas los cuales son necesarios para la producción de insulina lo que se traduce en diabetes de tipo I en infantes.

La obesidad, también encontró tener una fuerte correlación con la exposición a zonas con mayores niveles de luz artificial con LED, una explicación posibles serie el hecho de que la melatonina también participa en los procesos de saciedad y hambre y dicha alteración podría derivar en problemas alimenticios y contiguamente contribuir además a otras enfermedades ya mencionadas(Jiménez et al., 2025).

Sumado a los inconvenientes ya mencionados, podemos encontrar otros efectos adversos sobre la salud mental y el desarrollo de enfermedades neuropsiquiátricas, especialmente trastornos depresivos y bipolaridad, según varios de los trabajos analizados, dado que la luz artificial LED se encuentra correlacionada con mayores episodios maniáticos en personas con bipolaridad (Jiménez et al., 2025).

Si bien análisis de este tipo pueden tener sus limitaciones ya que basan en gran medida su metodología en encontrar asociaciones en poblaciones muy generalizadas que se encuentran en zonas con distinta exposición a la luz artificial según imágenes satelitales y como consecuencia pueden estar obviando otras variables que acompañan las zonas de mayor iluminación que suelen ser las más urbanizadas, como pueden ser otros contaminantes o estilo de vida de las personas que habitan allí. Sin embargo, no deja de ser una observación que nos da una perspectiva de cómo la luz artificial nos afecta directa o indirectamente.

Volviendo entonces a los trastornos neuropsiquiátricos, este es un aspecto preocupante ya que incluso existe conocimiento al respecto que indicaría la desregulación de la melatonina causada por la luz artificial, puede tener un efecto muy nocivo en el plano neurológico.

Más allá de los vínculos que se hayan encontrado sobre trastornos como la depresión y la bipolaridad, también algunos estudios epidemiológicos han encontrado una asociación entre una mayor exposición a luz artificial nocturna y la presencia de trastornos del espectro autista (TEA) y otras condiciones del neurodesarrollo (Xie et al., 2022).

Si bien estas condiciones no tienen un origen claro sino que es de origen multifactorial, es decir, que comprende una enorme variedad de factores tanto genéticos como ambientales que contribuyen en el modelaje del cuadro, es precisamente por eso que la contaminación lumínica podría aportar en gran medida al desarrollo de condiciones del neurodesarrollo, siendo que su aumento también acompaña al aumento del uso de la luz artificial LED en las últimas décadas, si bien la evidencia no es suficiente para afirmar ningún tipo de causalidad.

Siendo esto, algo que trae a colación varios hechos donde se señala que la baja producción de la melatonina está relacionada con procesos inflamatorios incluidos en el sistema nerviosos central, y más importante, se ha encontrado que la hormona en cuestión podría llegar a tener un rol neurotrófico importante, esto sugiere que la misma mostró tener efectos potencialmente similares a proteínas que participan en la creación de nuevas sinapsis, conexiones entre neuronas, y en el remodelado de sináptico, procesos que son claves para la plasticidad neuronal que permite garantizar el aprendizaje (Miranda-Riestra et al., 2022).

Tal como hemos señalado, estos últimos procesos son especialmente sensibles durante la infancia y la luz artificial de tipo LED podría estar teniendo un impacto mucho más profundo de lo que podríamos especular en el plano del neurodesarrollo; ante ello podríamos sumar la falta de sueño, provocados por varios factores donde también podemos incluir el efecto de las luces LED a la causa, el cual reproduce desbalances en los niveles de colesterol en el cerebro los cuales son necesarios para la formación de las vainas de mielina (Simayi et al., 2026), una sustancia que revisten los axones de las neuronas, y permiten aumentar la rapidez con que se transmite un impulso eléctrico entre un extremo y el otro de la neurona, a rasgos más globales permite una mayor eficiencia y rapidez de la información.

Si bien este proceso se puede ver afectado en cualquier edad por la falta de sueño, lo que no deja de ser preocupante, los infantes son los que se encuentran en una situación más vulnerable al impactar fuertemente en su desarrollo, siendo especialmente preocupante si tomamos conciencia de que toda una generación entera podría estar siendo perjudica en menor o mayor medida.

Resultaría alarmante entonces que con la evidencia existente respecto a los efectos nocivos que genera la excesiva exposición nocturna a la luz artificial, especialmente la de origen LED azul, y ante lo cual no estamos incluyendo únicamente su incidencia en la estabilidad de la flora y fauna, que si bien resulta imprescindible en este caso su trascendencia e importancia reside en las consecuencias directas en nuestra especie, especialmente nuestra salud y comportamiento antropológico. Dicho esto, es que resultaría pertinente y urgente que este asunto sea abordado por las comisiones correspondientes de los gobiernos en tanto ciencia, salud y tecnología nos permitan resolverlo con celeridad.

Sin embargo, esta problemática que ya de por sí resulta bastante compleja(ya que la soluciones son algo difíciles de aplicar). El crecimiento de la iluminación urbana es un fenómeno que viene de la mano de la urbanización y la misma no puede ser privada de la propia luminaria. De las primeras cosas que buscan mejorar los gobiernos de municipios o ciudades es la iluminación pública, sobre todo en aquellos lugares donde la seguridad resulta ser una problemática social y es que de ello, derivan los reclamos generales de los vecinos.

Al día de hoy, la iluminación pública está siendo mejorada principalmente mediante el reemplazo de la luz cálida incandescente por LED(mayoritariamente azul), no solo porque la misma es más intensa sino porque también representa un ahorro presupuestario a raíz del bajo consumo de energía que significa y forma también parte de una agenda destinada a combatir el cambio climático y contribuir a la reducción de la huella de carbono.

Ante esto, no es sencillo que los Estados opten por no iluminar los espacios públicos con luces LED, no solo porque resulta impopular, sino porque iría en contra de la “mejora” en la calidad del espacio público. Ninguno va a optar por regresar a las luces incandescentes por ser más saludables, o probablemente si, al día de hoy no tengo noticia de que alguien haya propuesto iluminar con luz cálida convencional en vez de LED(por lo menos en Argentina).

Una solución a medias, aunque incluso hoy es difícil que se cumpla, es respetar más los espacios naturales y tener códigos de edificación más sobrios que impliquen en lo posible no edificar sobre cualquier espacio natural, mucho menos perturbar aquellos espacios con las luces LED, pero contrario a esto, el proceso simplemente avanza, casi no hay ni un solo lugar concurrido que no “necesite” iluminación moderna.

Es difícil ver cuándo y cómo las políticas públicas puedan dirigirse hacia un esquema que visualiza más esta problemática causada por la contaminación lumínica por sobre el confort comunitario. Pero la realidad es que una sociedad cada vez más doliente tarde o temprano termina pagando sus consecuencias en múltiples aspectos, incluido, paradójicamente aquel que la luz artificial vino a dinamizar desde sus comienzos: el económico.

Lo que sí puedo aconsejar es que la próxima vez que vayan hacia algún sitio totalmente alejado de los tentáculos de la urbanización, miren al cielo y aprecien ese extraordinario momento porque no hay garantía de que aquello continúe a la vista de todos en el futuro venidero.

Bibliografía:

Cinzano, P., Falchi, F., & Elvidge, C. D. (2001). The first World Atlas of the artificial night sky brightness. Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, 328(3), 689–707. https://doi.org/10.1046/j.1365-8711.2001.04882.x

Jiménez, D., Neira Arenas, L., Hernández Rincón, E. H., García Céspedes, M. J., & Jaimes Peñuela, C. L. (2025). Luminous threats: The health impacts of artificial nighttime light on metabolic and mental health: A scoping review. Wellbeing, Space and Society, 8, 100260. https://doi.org/10.1016/j.wss.2025.100260

Miranda-Riestra, A., Estrada-Reyes, R., Torres-Sanchez, E. D., Carreño-García, S., Ortiz, G. G., & Benítez-King, G. (2022). Melatonin: A Neurotrophic Factor? Molecules, 27(22), 7742. https://doi.org/10.3390/molecules27227742

Simayi, R., Ficiarà, E., Faniyan, O., Cerdán Cerdá, A., Aboufares El Alaoui, A., Fiorini, R., Cutignano, A., Piscitelli, F., Maroto, A. S., Santos, A., Del Gallo, F., De Vivo, L., De Santis, S., & Bellesi, M. (2026). Sleep loss induces cholesterol-associated myelin dysfunction. Proceedings of the National Academy of Sciences, 123(4), e2523438123. https://doi.org/10.1073/pnas.2523438123

Welsh, B. C., & Farrington, D. P. (2008). Effects of Improved Street Lighting on Crime. Campbell Systematic Reviews: Better Evidence for a Better World, 4(1), csr.2008.13. https://doi.org/10.4073/csr.2008.13

Xie, Y., Jin, Z., Huang, H., Li, S., Dong, G., Liu, Y., Chen, G., & Guo, Y. (2022). Outdoor light at night and autism spectrum disorder in Shanghai, China: A matched case-control study. Science of The Total Environment, 811, 152340. https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2021.152340

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